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LA
EPISTEMOLOGÍA
SEGÚN
FEYERABEND.
por
Ulises
Toledo Nickels.
“Lo que los racionalistas clamando por la objetividad y la racionalidad intentan vender es una ideología tribal propia”.
P.
Feyerabend.
Paul Feyerabend (1924-1994) nació en Viena, en su juventud estudió
teatro
e historia, luego retoma su interés por las ciencias naturales y realiza
estudios de Física y Astronomía, doctorándose, finalmente,
en Física. En escritos de corte autobiográfico el epistemologo rememora
que ya en su temprana época de estudiante de ciencias la filosofía tuvo un
lugar entre sus preocupaciones, aunque en competencia con otras que atraían su
juvenil interés quizás con mayor preferencia: “En la Viena de 1947 los
estudiantes de ciencias se interesaban por las ciencias naturales y las chicas,
el positivismo y las chicas, la religión, la política y las chicas. Solíamos
asistir a clases de filosofía, nos aburríamos y pronto nos expulsaron porque
planteábamos preguntas y hacíamos observaciones sarcásticas. Pero no
desistimos y pronto formamos nuestro propio grupo de trabajos filosóficos con Víctor
Kraft a la cabeza” (1)
A Víctor Kraft le atribuye una gran influencia en su pensamiento
ulterior, aunque también admite deuda intelectual con una amplia variedad de
personajes asociados a tendencias filosóficas disimiles, entre ellos figuran
Hugo Dingles, Körner, Bohm y Watkins, a Hollitscher le agradece haber inducido
su conversión de “ positivista cabezota a realista algo menos cabezota”
(2). En EEUU se vinculó al circulo de Freige donde colaboraban Hempel, Nagel y
Puntman, entre otras figuras. Estudió seriamente a Wittgenstein y mantuvo
encuentros con Elizabeth Anscombe quien lo orientó en esas lecturas. Cultivó
una fructífera camaradería no exenta de crítica y debate con Imre Lakatos y
discutió asiduamente con Thomas Khun. De su periodo formativo comenta lacónicamente:
“A veces creía que tenia ideas propias; alguna vez todos somos víctimas de
tales ilusiones” (3).
Reivindica
también otras influencias más distantes en el tiempo pero igualmente
poderosas, que arrojan luz respecto de su accidentado derrotero
epistemológico: “He aprendido de Kierkegaard que elaboró excelentes
argumentos contra cualquier filosofía de resultados y contra cualquier forma de
racionalismo basada en el progreso en el campo de los resultados. He aprendido
de Helmholtz, Maxwell, Boltzman y Mach, que hace ya tiempo pusieron en claro que
el cambio científico puede derribar cualquier pauta aunque sea “racional”
sin tener que terminar en el caos. He aprendido de Aristóteles que las fantasías
abstractas cuentan poco cuando se las compara con los elementos de las formas de
vida de donde surgieron. Estos y muchos escritores han sido mis maestros”(4)
A
comienzos de la década del 50 viaja a Estados Unidos para estudiar Filosofía
de la ciencia en la London School of Economics donde enseñaba Karl Popper (1902
–1994), a quién había conocido en 1947, en Viena. Asistió regularmente al
seminario que este dirigía y dados los requisitos de su condición de becario
le correspondió colaborar cercanamente con Popper y en ocasiones visitaba
su residencia. Del estilo pedagógico de Popper recuerda: “cuando un
estudiante nuevo, alentado por el caos aparente, se atrevía a abrir la boca,
inmediatamente se le hacia ver con toda claridad que no estaba en condiciones ni
de entender el pensamiento más sencillo. Se solía proseguir con este
tratamiento durante semanas hasta que un buen día, si es que el estudiante
todavía seguía yendo al seminario y atreviéndose a abrir la boca, Popper, con
acento de curiosidad, decía: “Esta es una idea muy interesante”, y entonces
le dedicaba un buen rato, a veces incluso hasta una hora, a sacar a la luz las
ideas profundas contenidas en algo que muchas veces no era más que una
observación casual” (5).
A
fines del año 1953 Popper le ofreció convertirse en su ayudante, privilegio
que Feyerabend declinó porque –según dice- quería mantener su independencia
de pensamiento, no obstante admite que un par de años más tarde, obtuvo el
puesto de Profesor de teoría de la ciencia en la Universidad de Bristol gracias
a los buenos oficios de Popper y Schrödinger. Consta que hasta comienzo de los
años setenta Feyerabend se mantuvo intelectualmente cercano a Popper y a la
escuela
racionalista crítica e incluso fue uno de sus fervientes impulsores. Por
esa época su amigo y colega Imre Lakatos deja constancia del giro epistemológico:
“Feyerabend quien probablemente contribuyó más que nadie a la difusión de
las ideas de Popper, parece que ahora se ha pasado al bando enemigo” (6).
Lakatos (1922 - 1974)
opina que el tránsito del Feyerabend racionalista al Feyerabend
anarquista se originó a partir de una lectura exigente y radical de la lógica
científica propuesta por Popper, acentuando los elementos escépticos que se
deslizan en ella o que se pueden derivar de ella (7). No obstante se debe tener
presente que la Epistemología de Feyerabend igualmente recoge importantes
elementos provenientes del razonamiento socio-histórico que sobre la ciencia ha
desarrollado Thomas Khun (1922 -1996), por tanto no es exagerado sostener que,
complementariamente a la raíz Popperiana, el pensamiento de Feyerabend se
constituye en una continuación rigurosa de esta otra vertiente, de la cual
extrae sus consecuencias extremas que coteja constantemente con las posiciones
racionalistas.
Su
carrera académica la continuó en la Universidad de California, en Berkeley,
donde se desempeñó como Profesor de filosofía de la ciencia
y al mismo tiempo estuvo a cargo de una cátedra similar en la
Universidad de Zurich; a fines de la década de los años 70 emigra a Italia y
se retira de la actividad docente a causa de una enfermedad, pero sin restarse
del debate continúa su trabajo intelectual produciendo artículos y libros.
Fallece el mismo año del desaparecimiento de Popper a la edad de 70 años.(8)
1.
- La Epistemología como Etnografía cognitiva.
La
epistemología de Feyerabend desplaza la atención centrada en la dimensión
racional de la ciencia para enfocarla en el contexto histórico y sociocultural.
Su trabajo da -a veces- la impresión de un análisis ejecutado por un etnógrafo
que se afana en comprender los elementos simbólicos y –en general- la forma
de vida que han desarrollado los nativos del mundo occidental en la estructuración
de una peculiar cosmovisión.
En
la perspectiva de Feyerabend la ciencia es concebida como un estilo cognitivo
coexistente con otras formas de comprender o pensar la realidad, que cuentan,
igualmente, con originales modalidades de corroboración y ostentan idéntico
rango epistemológico que la ciencia, porque –a su juicio- ningún estilo
cognitivo
posee superioridad intrínseca sobre sus rivales; sólo se podría
adjudicar una calidad superior si arbitrariamente se opta por las pautas de
evaluación de uno de ellos y, a continuación, se aplican tales criterios a los
estilos alternativos. Obviamente el procedimiento garantizaría el triunfo del
modo de conocer que se ha privilegiado, es decir: del que avala el poder y que,
no necesariamente, es verdadero. Ciertamente esta posibilidad relatada tan
esquemáticamente resulta algo burda, no obstante en eso consiste el
etnocentrismo del que la practica científica, según su opinión, no es ajena.
El
grado de éxito o fracaso de un estilo cognitivo sólo se puede establecer en
función de sus propios parámetros y no existe ningún metacriterio
“objetivo”
(externo a los estilos) que permita evaluarlos. Lo que puede ser el éxito
para un indígena que adhiere al animismo o para un gnóstico cuya convicción
de que la materia es mera apariencia y el alma es auténtica realidad, sin duda
diferirá mucho de la opinión que cifra el éxito en el
afán de conquista que puede ir desde el dominio de la naturaleza
hasta el sometimiento de sus semejantes. En palabras de
Feyerabend: ”La elección de un estilo (cognitivo), de una realidad, de
una forma de verdad, incluyendo criterios de realidad y de racionalidad es la
elección de un producto humano. Es un acto social, depende de la situación
histórica” (9). Al interior de la cultura occidental la oposición de estilos
se da, por ejemplo, entre ciencia, arte y religión; frente a otras culturas se
verifica entre ciencia, chamanismo o animismo (que –de acuerdo al epistemólogo-
no carecen de lógica como han pretendido sus detractores).
Feyerabend
caracteriza el estilo cognitivo como una racionalidad especifica, históricamente
identificable y definible por sus supuestos, su noción de verdad y realidad, su
concepto del conocimiento posible, sus criterios de validación y sus mecanismos
de adquisición y procesamiento de la información. En general -cada estilo
cognitivo- tiene la pretensión de que la suya es la forma correcta de
representar la realidad y esto se transparenta en la diversidad de significados
que se puede encontrar para el uso de términos claves como “verdad” o
“realidad”, cuya acepción especifica es parte de sus fundamentos
subyacentes; de manera que la idea de la verdad prevalente orienta al
investigador respecto de lo que hay que buscar por tal, e incluye los requisitos
de su comprobación.
El
Antropólogo cultural E. S. Gleen indica que el enfoque de etnografía cognitiva
utiliza la noción de estilo cognitivo para referirse a los métodos que
utilizan los diversos grupos humanos en el procesamiento y la organización de
la información disponible de acuerdo a sus necesidades y en correspondencia con
las acciones que debe ejecutar sobre el medio ambiente. Las preguntas que debe
resolver el etnógrafo cuando indaga sobre alguno de estos estilos son del
siguiente tenor ¿Cómo piensan los hombres de esa cultura?
¿Cómo
organizan la información que le llega bajo la forma de estimulaciones
sensoriales? ¿Qué tipos de sucesos significativos, tales como pensamientos, imágenes,
huellas mnémicas, llegan a elaborar?
De acuerdo con Gleen, en la medida que los sujetos de una cultura
comparten experiencias y educación, sus interpretaciones y elaboraciones
mentales son similares y tienden a desarrollar estructuras cognitivas
semejantes; una estructura cognitiva bien afiatada recibe la denominación de
paradigma.
Un
paradigma –dice Gleen- difiere de otros por: a) la cantidad de información
que contiene; b)
sus criterios de selección (y de exclusión)de información; c) la forma
de organizar la información; d) su sistema de prioridades (valoraciones); e) el
número de personas que contribuyen a construirlo (mantenerlo y enriquecerlo);
f) el número de personas que se encuentran en disposición de acceder a él y
convertirse en sus potenciales usuarios.
Gleen
distingue
entre estilo cognitivo (que alude al procesamiento de la información) y
paradigma (que alude al producto de la cognición, es decir: el saber ya
sancionado por la comunidad). Al respecto aclara: “El campo de la cognición
puede definirse como el estudio del procesamiento de la información humana. En
lo que se refiere a los procesos sostendremos que es posible hablar de estilos
cognitivos, o sea, formas de pensar o modos de organizar la información que se
vuelven habituales y que pueden ser usados en una serie de situaciones y con
muchos tipos de información. En cuanto al producto de la cognición resulta
claro que por lo general los sucesos individuales no son evaluados o
interpretados en forma aislada. Mas a menudo están organizadas con otros
sucesos, formando redes o estructuras cognitivas mas o menos extensas. Esas
estructuras pueden ser conceptos, creencias o complejos sistemas de creencias
interrelacionadas” (10).
Empero, si bien se puede distinguir entre estilos y paradigmas, los
procesos y los productos cognitivos están íntimamente entrelazados de modo que
los productos se comprenderán mejor si se sabe como operan los procesos y los
procesos, a su vez, serán entendidos de manera mas cabal si se tienen algunas
nociones de los propósitos generales del marco teórico en los cuales se
desenvuelve (v.g.: su concepto de la verdad); de esa manera se puede lograr una
explicación satisfactoria de la conducta colectiva e individual de los sujetos
que comparten una determinada cultura.
La
cultura es una forma de vida fundada en diseños ideacionales, representaciones
colectivas y sistemas de lenguaje y significados compartidos,
desarrollados
en relación con los estilos y paradigmas cognitivos. Por lo tanto una
cultura dada tiende a consolidar la validez de sus estilos y paradigma al
tiempo que estos tienden a ratificar y legitimar su cultura. En síntesis:
estilos y paradigma constituyen la dimensión cognitiva de la cultura. Sin
embargo, la cultura como forma de vida, es más amplia que la dimensión
cognitiva y abarca instituciones, ritos, normas de conducta individual y
colectiva, de relaciones interpersonales, de intercambios de mercancías, de técnicas
diversas, etc.
La dimensión cognitiva de la cultura aporta supuestos al proceso de
obtener nueva información: a) referente al material que se estimará información
relevante; b) de la naturaleza y el cosmos; c) de las características del
conocimiento válido; d) el modo de configurar los datos; e) respecto de las
formas correctas de nuestro “ver” algo;
f) enseña asimismo a dirigir nuestra atención hacia ciertos fenómenos
y a desechar otros. A esta dimensión de una cultura el Antropólogo Gregory
Bateson (1904-1980)) propone que se le llame
Epistemología (11).
De
acuerdo con lo anterior, la epistemología que caracteriza a una cultura es la
resultante de la conjunción de estilos y paradigma cognitivo, o
–en otras palabras- de procesos y productos; ahora bien, teniendo esto
en cuenta, podemos
simplificar el léxico, acogiendo la sugerencia de Gregory Bateson y
vinculándola a la propuesta de Gleen (atendiendo a la imbricación de estilo y
paradigma dado que
el segundo es imposible sin el primero y viceversa)
obtenemos la noción de paradigma epistemológico que es claramente
concordante con la terminología de Kuhn y del propio Feyerabend.
En
efecto, de modo similar a lo
señalado por Gleen y Bateson, Thomas Khun precisa que un paradigma,
concebido como “gestalt” cognitiva de un grupo, impregna todos los ámbitos
de su forma de vida generando un “conocimiento tácito”, que son aquellas
posesiones de una comunidad “... probadas y compartidas que han logrado éxito
y el practicante bisoño las adquiere mediante su preparación, como parte de su
aprendizaje para llegar a pertenecer a un grupo”(12).
Según Khun el paradigma
proporciona las pautas mediante las cuales se “filtran” los estímulos
provenientes del medio y de ese modo se configuran las “formas” que
vemos en la realidad y, al mismo tiempo, se censuran las “visiones”
incompatibles. Asimismo, a través de la técnica pedagógica de mostrar
ejemplos de casos o situaciones relevantes (que los predecesores en el grupo ya
han reconocido como mutuamente semejantes
y, a la vez, diferentes de otros) se enseña el modo correcto de
interpretarlos, creando representaciones simbólicas que ayudan a retener y
ratificar los significados que el grupo ha sancionado; a fijar
los cuales ayuda eficazmente el instrumento lingüístico. Esto supone
que la percepción de la realidad esta condicionada socio-culturalmente:
“...individuos educados en distintas sociedades se comportan en algunas
ocasiones como si vieran diferentes cosas (...). Nótese que dos grupos, cuyos
miembros tienen sensaciones sistemáticamente distintas al recibir los mismos
estímulos en cierto sentido viven en diferentes mundos (...). Por supuesto,
hasta el grado en que los individuos pertenecen al mismo grupo y comparten así
educación, idioma, experiencias y cultura, tenemos buenas razones para suponer
que sus sensaciones son las mismas. ¿De qué otro modo deberíamos comprender
la plenitud de su comunicación y lo común de sus respuestas conductuales a su
medio? Deben de ver cosas, estímulos, procesos, de manera muy parecida” (13).
De
tal manera, quienes han experimentado un proceso de endoculturación en el marco
de un paradigma epistemológico determinado, terminan por
“ver” la realidad como el paradigma indica que debe verse; obviando
aquellos estímulos o “cosas” que estando en la realidad, sin embargo no son
congruentes con el paradigma dominante.
Examinado desde la etnografía, el puesto que ocupa un paradigma
epistemológico dentro de una cultura es el de un núcleo proveedor de
soluciones a los
enigmas y dificultades que la realidad le presenta a la vida; su objetivo es resolverlos para que la vida continúe; más que el
descubrimiento de una verdad única.
Bateson invita a observar: “... que pueblos diferentes del mundo tienen
ideologías diferentes, epistemologías diferentes, ideas diferentes acerca de
la relación entre el hombre y la naturaleza, ideas diferentes sobre la
naturaleza del propio hombre, la naturaleza de su conocimiento, sus sentimientos
y su voluntad. Pero si hubiera una verdad respecto de estos asuntos, entonces sólo
aquellos grupos sociales que pensaran conforme a esa verdad podrían
razonablemente ser estables. Y si ninguna cultura del mundo piensa de acuerdo
con esa verdad, entonces no habría cultura estable”(14a). Pero la etnografía
aporta información sobre Pueblos e incluso altas civilizaciones cuyas
existencias milenarias han transcurrido bajo el convencimiento de la verdad de
principios que, al cotejarlos entre sí, resultan ser opuestos y hasta
contradictorios, y sin embargo los creyentes de unos y otros principios han
logrado mantener su identidad cultural a través del tiempo; lo que sin duda
amerita que se le reconozca estabilidad.
La dificultad para acceder a un criterio discriminatorio entre
epistemología verdadera y epistemologías falsas se agrava considerablemente si
asumimos que el error epistemológico puede ser muy persistente y no es
impedimento para que un paradigma y su consiguiente estilo cognitivo sigan
siendo útiles. Bateson advierte que: “En el caso de esas proposiciones
epistemológicas no es fácil detectar el error y no es posible castigarlo de
manera rápida. Ustedes y yo estamos en condiciones de desempeñarnos en el
mundo (...) y en general de funcionar razonablemente como seres humanos a pesar
de un error muy profundo. Las premisas erróneas, de hecho funcionan
bien”(14b).
Esto significa que: si se desprenden consecuencias útiles de un
paradigma epistemológico no se deduce de ahí la verdad de este;
Bateson completa su propuesta con el siguiente alcance: “El error
epistemológico es reforzado frecuentemente, y en cierto límite y, en cierta
etapa, bajo determinadas circunstancias si se arrastran errores epistemológicos
serios se encontrará
que los supuestos ya no funcionan, y ahí se descubre que es difícil
librarse del error porque es pegajoso” (15).
Al
aplicar estas acotaciones al paradigma científico occidental nos percatamos
-con Feyerabend-
que un
basamento fuerte de la confianza que se tiene en él radica en que
funciona; su verdad parece obvia desde el momento que los relojes electrónicos
dan la hora con bastante exactitud (obviando la dificultad de precisar el
concepto de tiempo objetivo, o cósmico, respecto del cual la hora que da el
reloj pudiera aceptarse como “bastante exacta”), Además los satélites
proporcionan datos sobre las condiciones atmosféricas,
las riquezas minerales del subsuelo y mapas ilustrativos referente a la
disminución del ozono en la estratosfera. Y, por último, los autos andan.
Pero
Bateson advirtió que no existe una conexión lógica, estrictamente
necesaria, entre la utilidad (v.g.: desarrollo tecnológico) con la verdad
(epistémica) a la que aspira el conocimiento científico. Además –dice
Feyerabend-
la historia muestra importantes avances tecnológicos que estuvieron
desprovistos de base científica; a modo de ejemplo se puede mencionar el
invento de la rueda,
los molinos de viento y una variada gama de practicas médicas
naturistas.
No
obstante,
estamos
–justamente- impresionados por el grado en que la civilización moderna
ha conseguido dominar la naturaleza y cuando se ha querido explicar este fenómeno
se atribuye al poder de un saber claro y distinto fundado en la razón. De ese
modo la capacidad de raciocinio aseguraría el progreso ininterrumpido de la
humanidad y se cumpliría el propósito positivista que en cuanto ideal provino
de Francis Bacon, quién postulaba: “Scientia et potentia in idem
coincidunt” y que
Augusto Comte ratificó en su: “Voir pour prevoir, pour pouvoir”.
Empero, en tal caso también Auschwitz reclamaría ser admitida entre las
consecuencias de la racionalidad científica; de hecho muchos experimentos de
injertos e inoculación de enfermedades que utilizaron a niños judíos en el
rol de conejillos de indias obtuvieron resultados nada despreciables para la
medicina, asimismo la metódica eficiencia del exterminio de judíos y gitanos
fue resultado de una planificación racional. Algo parecido puede decirse de la
hecatombe ecológica de nuestra época que tiene su contrapunto en el
vertiginoso desarrollo industrial con su concomitante necesidad de insumos e
inevitable producción de desechos. Así, la esperanza de que el progreso sería
la consecuencia (útil) obvia de la ciencia ha sido sometida a prueba y
refutada.
Se
puede objetar que si la utilidad no esta ligada lógicamente a la verdad de una
propuesta epistemológica su inutilidad practica tampoco prueba la falsedad de
tal propuesta. No obstante cabe preguntarse si Auschwitz y la hecatombe ecológica
sólo son casos aislados de no-utilidad de la racionalidad moderna o si,
definitivamente constituyen flagrantes errores epistemológicos que podrían
erigirse en instancias falseadoras de la racionalidad científica, al modo
Popperiano.
El
punto es relevante porque a raíz de los errores epistemológicos se comienza a
reparar en que estamos insertos en un paradigma y sólo entonces empezamos a
cuestionar los supuestos en que descansa aquel; mientras el paradigma se
desenvuelve normalmente, sin chocar con errores de importancia, los sujetos
vivimos en él a-criticamente, experimentándolo como si fuera parte de nuestra
realidad; no obstante, detectar algunos errores graves no implica que el
paradigma se resigne a desaparecer, lo más probable es que surjan
justificaciones ad hoc que expliquen la posibilidad del error o el error mismo
y, todavía, se puede argumentar que el error en cuestión es un problema periférico.
Pero
aún así, la presunción del error hace que surja la duda sobre los supuestos
implicados en nuestros conocimientos y al menos libera a las mentes de la
ingenuidad epistemologica, consiguiendo que la mirada se vuelva hacia el
interior del paradigma, reparando –quizás por primera vez-
que mientras se conoce nunca se examina
en que consiste conocer y rara vez
se indaga por el sentido de esa ocupación humana que nos complica tanto.
Ahora,
si
se estimara que la idea de progreso es parte esencial de la ciencia
moderna, entonces Auschwitz
refutaría dicha racionalidad y claramente ostentaría el dudoso
pergamino de “error epistemológico”; pero si el progreso se estima sólo
una consecuencia útil esperable y no un elemento interno de la mencionada
racionalidad, su inconsistencia seria de tipo externo y no refutaría
–necesariamente- la lógica de la investigación científica como tal, pero se
probaría que hay consecuencias disfuncionales;
o, al menos, que la utilidad
no es una cualidad intrínseca de la ciencia. Por lo tanto: que la
ciencia haya sido útil no aporta nada a su pretensión de ser aceptada como un
conocimiento verdadero.
Ahora
bien, si
la racionalidad de la ciencia se limita a su lógica interna entonces sus
consecuencias sociales son claramente extracientíficas y su discusión no
afecta a la esencia de su racionalidad, pero si la ciencia tiene sentido en
tanto es parte de una forma de vida, o sea de una cultura, entonces debe
ser evaluada
-también- en relación con esos factores extralógicos que configuran la
vida de la comunidad, porque en tal predicamento el conocimiento es para la vida
y no para sí mismo. Si el análisis de la ciencia se efectúa desde esta ultima
perspectiva Auschwitz, la contaminación anti-ecológica y el hoyo de ozono
deberían ser asumidas como serias objeciones que nos invitan a ser respetuosos
cuando se compara la racionalidad científica con los paradigmas rivales.
No
obstante los racionalistas sostienen que la ciencia es la mejor y, además, la
única manera de alcanzar la verdad (dando por evidente que existe “una”
verdad sin reparar que esa es una afirmación que no puede sostenerse científicamente;
que es claramente extra cientifica). De ahí se sigue que la ciencia: a) dispone
de aquello que son las metas que todo hombre debe perseguir (la verdad) y b)
contiene las informaciones adecuadas para alcanzar esas meta.
Feyerabend – obviamente- estima que tal presunción no pasa de ser un
pueril etnocentrismo: “Seria de una brutalidad extrema el interpretar nuestros
propios logros insignificantes como si fueran universalmente obligatorios o como
si tuvieran que ser tomados en consideración por todo el mundo y con toda
seriedad” (16).
Esa fue, sin embargo, la actitud que adoptaron los occidentales cuando se
encontraron con culturas diferentes que no pudieron (o no quisieron) comprender
y, en una extensión de la lógica del dominio, la consecuencia pragmática fue
el colonialismo.
Aunque
la cuota de violencia y de fuerza bruta que tuvo la conquista en su momento
inicial ha sido atemperada en los tiempos contemporáneos y la relación entre
las culturas se ha llevado en términos civilizados,
la convicción occidental de la supremacía de su forma de vida no ha
experimentado cambios significativos. La diferencia entre los actuales
racionalistas y los antiguos funcionarios coloniales es solo de grado; cierto
que no recurren a la fuerza para imponer sus prescripciones pero sutilmente usan
mecanismos de “concienciación” que apuntan a sensibilizar las mentes acerca
de las
“certezas” caras al occidente racionalista, las cuales se presentan
bajo la mascara de “objetividades” que se deben admitir como inscritas en el
orden natural. De ahí la importancia del formalismo normativo que presenta sus
prescripciones como leyes descubiertas en el ser de las cosas y axiológicamente
asépticas.
En
opinión de Feyerabend, los racionalistas críticos de hoy parecen
menos presuntuosos
que sus predecesores los invasores-conquistadores de antaño porque
proceden de manera más sofisticada, pero ello no cambia el fondo del asunto: su
propósito de dominación. Según el Epistemológo: “En teoría admiten que
nuestras ideas son meras conjeturas, pero en la práctica su actitud frente a
ideologías no científicas ajenas es tan intolerable como la que en un tiempo
mantuvieron los defensores de la fe católica. Además, los falibilistas suelen
ser críticos en lo que respecta a las afirmaciones mismas, pero lo son mucho
menos en relación con el método. Y puesto que los métodos solo funcionan en
determinados ámbitos, mientras que en otros fracasan, al final resulta que uno
acaba empujando su propio dogmatismo de un extremo a otro” (17).
Según
la visión más tradicional del racionalismo científico, la realidad esta
constituida por hechos que tienen una existencia previa e independiente de los
observadores individuales y, por cierto, de las sociedades y culturas. Los
hechos constituyen la realidad y el observador imparcial debe recolectarlos,
clasificarlos y generalizar mediante razonamientos inductivos para llegar a
conclusiones universales y necesarias, evitando el prejuicio y toda forma de
subjetividad; la verdad se la estima un estado de la existencia de lo real a la
cual el sujeto cognoscente se puede acercar, el problema estriba únicamente
en encontrar el camino correcto
(el método)
para acercarse todo lo que se pueda a la verdad. En esa imagen la verdad
es a-histórica, lo que tiene historia es el recorrido del conocimiento en pos
de su aproximación a la verdad, con sus aciertos y errores incluidos. (18)
En
el enfoque epistemológico “etnográfico” –en cambio- que considera al
conocimiento dentro de un contexto sociocultural
determinado, la verdad se concibe histórica: se crea, se produce; dado
que la realidad misma es una construcción social humana. En ese sentido la
concepción de la naturaleza del conocimiento, como parte de un paradigma
epistemológico se convierte también en el fundamento de una ideología
sustentadora de una forma de vida; una ideología, dice Feyerabend, esta
compuesta por un conjunto de teorías, junto con un método y una perspectiva
filosófica general; y así la ciencia, ligada a métodos y proveedora de teorías,
se constituye en la medula ideológica de la modernidad (19).
Esto
queda meridianamente claro al producirse la contrastación con formas de vida
diversas; cuando los europeos se enfrentaron a concepciones opuestas sobre la
naturaleza del conocimiento proveniente de culturas no-europeas, no desplegaron
ni un mínimo esfuerzo por comprenderlas, simplemente: “ ...no hubo ninguna
comparación objetiva de métodos y resultados. Solo hubo colonización y
represión de las tribus y naciones colonizadas”(20).
En
el presente, las alternativas epistemológicas han sido anuladas en su mayoría;
o han ido sucumbiendo por el desuso o bien se han adaptado a la ideología
occidental triunfante que ha exhibido una extraordinaria capacidad para
descomponer a sus rivales y luego integrarlas o marginarlas según sus
conveniencias. Incluso las religiones se han ido desacralizando para no
contradecir el saber científico y hasta los mitos y el arte han sido
re-interpretados para volverlos racionales, en este proceso dichas expresiones
han sufrido profundas distorsiones que las han distanciado de sus basamentos
ontológicos primigenios: “...de modo que ahora tenemos una religión sin
ontología, un arte sin contenido y una ciencia sin sentido” (21)
Sin
embargo, la historia demuestra que un paradigma epistemológico (o una ideología),
desplazado en una época, puede recuperarse y lograr imponerse a su rival en un
momento posterior porque su derrota no siempre significa que posee menor mérito
cognoscitivo y, en consecuencia, no autoriza a dar por confirmada su definitiva
superación. Así ocurrió con la teoría heliocéntrica de Copernico que tuvo
gran éxito en los inicios de la Modernidad pero que ya había sido propuesta en
el siglo IV A. de C. por el filosofo y matemático Aristarco de Samos; sin
embargo, sus contemporáneos la rechazaron con argumentos, a la fecha, muy sólidos
y no llego a otorgársele el rango de
“verdad”. Igual derrotero siguió la teoría atómica que en el siglo
V. A. de C. elaboraron Leucipo y Demócrito de Abdera, sin que su pensamiento
encontrara mayor aceptación;
recién en 1809 el Inglés John Dalton volvió a replantear la vieja
doctrina de la materia conformada por partículas atómica;
ahora con bastante éxito.
Ambas
teorías debieron esperar durante siglos por el reconocimiento de su legitimidad
y también durante siglos se las tuvo por erróneas. De aquí se puede extraer
una importante lección epistemológica: “...que el retroceso temporal de una
ideología
(que es un conjunto de Teorías junto con un método y una perspectiva
filosófica general) no constituye motivo alguno para su eliminación. Eso mismo
es lo que ha ocurrido con formas antiguas de la ciencia y con concepciones no
científicas: primero se vieron arrojados de la ciencia y, después, de la
sociedad, hasta llegar a la situación actual en la que hasta su supervivencia
esta en peligro, y debido no solo a
la parcialidad de la ciencia, sino también a los medios institucionales:
la ciencia se ha convertido en uno de los fundamentos de la democracia. ¡Es
acaso sorprendente que, dadas estas circunstancias, la ciencia reine de manera
indiscutible porque algunos de sus éxitos en el pasado han conducido a medidas
institucionales (educación, el papel de los expertos, etc.) que impiden una
vuelta de sus rivales!” (22).
A
Feyerabend le preocupa la creciente influencia de la ciencia en muchos aspectos
de la vida social que exceden el campo de la
cognición
-que ella misma se ha determinado- y por tanto el área de su
competencia, convirtiendo esa injerencia en un imperialismo indebido, que
ratifica su voluntad ideológica. Además el argumento de la lógica interna
alega que el ámbito social no es pertinente para una evaluación de la
racionalidad cientifica; pero,
por otra parte, pretende tener la autoridad suficiente para dictaminar
sus pautas de acción, confirmando, también aquí, que en el hecho opera como
lo haría cualquiera ideología de una cultura dada que, a partir de una base
paradigmática en epistemología, ulteriormente aspira a inundar todas las
dimensiones de dicha cultura.
Sin
duda, le molestaría
saber del Psiquiatra que, en Pta. Arenas, usa las categorías de Kohlberg
para establecer el grado de discernimiento moral de un menor de edad que ha
delinquido y en función de las cuales ese(a)
adolescente será enviado a la cárcel, a un reformatorio o a su casa,
bajo el cuidado de sus padres. Podemos preguntarnos
¿Por qué Kohlberg y no Nietzsche?
¿Tendrá que ver esto con la etiqueta de “científico” de Kohlberg y
de “filosofo” de Nietzsche?
Pero, en definitiva
¿Cómo se podría probar que, con respecto al fundamento de la moral y
crecimiento en valores, Kohlberg sabe la verdad mientras que Nietzsche la ignora
y lo suyo es solo especulación? Ciertamente no se puede demostrar aquello,
entonces elegir uno u otro autor es una cuestión de gustos; pero no es ese el
argumento del Psiquiatra.
En
un plano mas general, los resultados de las investigaciones Antropológicas han
puesto de manifiesto que no se puede seguir sosteniendo que ningún estilo
cognitivo alternativo puede compararse al conocimiento científico. Atendiendo a
sus obras la antropología ha descubierto el alto desarrollo alcanzado por
muchas de las culturas antiguas y contemporáneas reputadas de “primitivas”;
resaltando sus teorías cosmológicas y médicas, incluso en este último campo
sus soluciones suelen ofrecer mayor efectividad que las de la ciencia médica.
Un
examen comparativo y acucioso de los datos etnográficos debería conducirnos a
reconocer que si la ciencia ha sido ensalzada por sus logros, con mayor justicia
deberían alabarse las conquistas del pensamiento pre-científico, cuya
complejidad impide atribuir su origen a practicas irreflexivas y se impone
admitir la presencia de una actividad reflexiva e –incluso- de una
“racionalidad” no-científica. En efecto “...quién descubrió el mito
descubrió también el fuego y los medios para mantenerlo. Domesticó animales,
cultivó plantas nuevas y mantuvo separadas las especies en una medida que
supera con mucho lo que hoy es posible en la agricultura cientifica. Descubrió
el cultivo por amelgas trienales y desarrolló un arte que puede muy bien
situarse junto a las mejores creaciones del hombre occidental. No cohibido por
ninguna especialización, supo encontrar amplias conexiones entre los hombres y
entre el hombre y la naturaleza, aprovechando estas conexiones, para mejorar la
ciencia y sus sociedades: la mejor filosofía ecológica se encuentra en la edad
de piedra. Atravesó los océanos (...) y mostró un saber acerca de la navegación
y las propiedades de los elementos que no concuerda con las ideas de la ciencia,
pero que un análisis detallado revela que son válidas”(23).
Los
que inventaron el mito –dice Feyerabend- empezaron la cultura y los que han
venido después se han limitado a transitar sobre el carril abierto; la lección
es clara: no es efectivo que la noción de conocimiento válido se reduzca al
conocimiento científico. Por supuesto que en la medida que nuestro
etnocentrismo nos hace ver la realidad con el prisma de la racionalidad
occidental esta resulta perfectamente coherente con la idea del progreso
ininterrumpido del conocimiento científico; una reconstrucción de ese orden
da la impresión que la historia, en su devenir, no hace otra cosa que
organizar la conciencia para que al final triunfe la ciencia, al modo del
postulado Comtiano de los tres estados. Pero la ilusión esta construida desde
el presente y es desde este punto que la reconstrucción del pasado parece
congruente con la racionalidad cientifica. Feyerabend, en cambio, cree que la
razón no es la única forma de inteligibilidad y tampoco la última: “La
ciencia es una de las muchas formas de pensamiento que el hombre ha desarrollado
y no necesariamente la mejor” (24).
Sin
embargo los comentarios precedentes no inquietarían a un Popperiano que, sin
duda, descalificaría los argumentos expuestos señalando que
se trata de una critica externa; un cuestionamiento serio debería
referirse al ámbito de la justificación. Pues bien atendiendo a esta exigencia
si se examinan los debates en torno a la lógica interna de la ciencia se
descubre que la idea tradicional de un progreso lineal del conocimiento científico
sufrió su mayor derrota a raíz de la critica al inductivismo que echó por
tierra un criterio objetivo de avance. Popper, que fue el gran responsable de lo
anterior, propuso un criterio lógico-empírico que permite discriminar las teorías
científicas de aquellas que pretenden pasar por científicas sin serlo,
y haciendo uso discrecional de la categoría de “corroboración”
se podría seguir hablando de una verdad objetiva que, sí bien
inalcanzable en principio, sirve de brújula y de norte a los hombres de
ciencia. Sin embargo los nuevos epistemologos emprendieron una critica
radical del criterio de demarcación y haciendo patente algunas
debilidades contextuales y empíricas extrajeron consecuencias que
conducían de forma inexorable –a su juicio- a extrapolar el debate (ya
agotado) centrado en el contexto de la justificación, para buscar respuestas en
el llamado contexto del descubrimiento.
En
ese ambiente de cuestionamientos radicales Feyerabend decide reexaminar el
problema de los enunciados de observación que lo lleva, mas tarde, a impugnar
el principio de la invarianza del significado y a proponer en su reemplazo el
principio de inconmensurabilidad. De aquí desprende Feyerabend la imposibilidad
de alcanzar un criterio valido de evaluación de las teorías científicas;
siendo –por lo tanto- igualmente imposible demostrar la superioridad de unas
teorías sobre otras. Feyerabend –finalmente- traduce estos resultados en el
principio anarquista: “Todo vale”,
que rechaza la idea de un proceder uniforme en la ciencia y pretende
otorgar al investigador la más amplia libertad metodológica; ciertamente le
niega autoridad a la dictadura del monismo metodológico y postula la
proliferación de métodos y teorías alternativas equivalentes; Así la
inconmensurabilidad se establece al interior de la ciencia entre teorías
rivales y al exterior de la ciencia entre ella
y los otros estilos cognitivos, que son sus competidores históricos.
Pero,
en verdad, nuestro trabajo ha comenzado donde Feyerabend termina el suyo. Para
comprender sus planteamientos es
necesario conocer al menos un esbozo de lo ha que sido el debate
epistemológico durante el siglo XX y las graves deconstrucciones e intentos de
reconstrucción que ha experimentado la teoría del conocimiento científico. En
ese proceso la figura emblemática ha sido Karl Popper cuyas propuestas
constituyen la piedra de toque de las criticas de Feyerabend y de las cuales ha
desprendido su incisiva heurística negativa. Pensamos que las excentricidades
epistemológicas de Feyerabend solo en apariencia son tales; en realidad su
pensamiento prosigue un desarrollo muy consistente que continua la ruta que va
de Popper a Lakatos
y Khun, pero –en su caso-
no evade las situaciones escabrosas, al contrario, las convierte en el
objeto de su indagación por considerarlas aspectos esenciales a la ciencia y no
simples anomalías solucionables con remiendos ad hoc; de hecho amplió la
exigencia de Popper respecto de las teorías incompetentes, en el sentido de que
no deben ser salvadas sino que se deben falsear; pues bien, Feyerabend extiende
esa exigencia a la ciencia misma cuando compara a esta con otros estilos de
conocimiento y
llega a la comprobación que arrastra serias falencias lógicas y de
procedimientos; de ahí
concluye –coherente con su heurística negativa- que a la ciencia no se
la debe salvar sino atacarla. En lo que sigue revisaremos aspectos del problema
que estimamos servirán de antecedentes para aproximarnos a la epistemología de
Paul Feyerabend que volveremos a retomar a partir de las cuestiones que dejan
pendientes
los análisis de
lógica interna (o “justificacionistas”).
2.-
La lógica interna: el criterio de demarcación.
La
ciencia articula sus conocimientos en conjuntos de proposiciones coherentes
entre sí que tienen como referente a los objetos reales y se estima que el
conocimiento será fiable en la medida que los enunciados que lo expresan
mantengan una adecuada correspondencia con esos objetos. No obstante los
enunciados están formados por constructos abstractos de modo que su eficacia se
encuentra supeditada a la capacidad que despliegue para generar procedimientos
que permitan elaborar objetos ideales (constructos) que coincidan con los fenómenos
reales. Existen variadas posibilidades de construir objetos ideales y de entre
esas posibilidades se escogen aquellas que son más congruentes con los puntos
de vista de las teorías prevalentes, de leyes pre-existentes y de criterios
operativos aceptados por la comunidad cientifica para interpretar los resultados
de los datos; todo ello determina la base de una teoría científica. En
consecuencia, la metáfora “especular" que concibe a la teoría
cientifica como un espejo que, en una contemplación pura, refleja los objetos
de la realidad traducidos a imágenes conceptuales, dista de ser efectiva.
La
validez de las demostraciones posteriores dependerá de estos elementos de la
teoría que –como hemos visto- básicamente son construidos; por eso se ha
sostenido que la forma como surgen nuevas teorías es hasta cierto punto
irrelevante para la ciencia. Lo importante es el contexto de la justificación,
o sea: como prueban las teorías sus afirmaciones acerca de la realidad; en esos
términos, la historia de la manzana –dice Agazzi- no afecta a la validez de
la teoría de Newton; y así se consolida el distanciamiento entre la forma de
originarse una teoría (el contexto del descubrimiento) y la forma de probar la
teoría
(contexto de la justificación) (25).
Los
partidarios de la distinción afirman que es imperativo separar la forma en que
el conocimiento es influido por los condicionamientos extralógicos por una
parte, y
la estructura interna de la ciencia (comprobación y comunicación de
resultados), por otra. Se entenderá por contexto del descubrimiento las
influencias externas que operan sobre el trabajo del científico, tales como:
emocionales, sociales, económicas, políticas o culturales. En ese contexto se
puede aceptar que la ciencia sea estudiada como una actividad que tiene un
decurso histórico; pero eso –claro esta- seria historia de la ciencia. También,
en ese contexto, sería licito emprender averiguaciones sobre las características
de personalidad de los científicos, sobre sus condicionamientos intelectuales y
motivacionales, pero eso seria psicología de la ciencia (o de los científicos),
o biografías de los grandes hombres de ciencia; lo mismo acontece con el
entorno político o sociológico. Sin embargo nada de ello incide en la
estructura interna de la ciencia.
La ciencia – por su parte- tiene un ámbito propio y ese es el de la
justificación que comprende la lógica de la investigación cientifica; los
enunciados aseverados, sus tipos y relaciones, sus términos componentes y su
organización en sistemas de enunciados, sus demostraciones y medios de prueba,
corresponden a ese contexto.
Durante mucho tiempo se pensó que la metodología cientifica
“justificacionista”
por excelencia era la inducción, gracias a la cual se pasaría desde la
experiencia hasta las leyes y desde estas hasta las teorías utilizando solo
hechos y lógica.
Agazzi
caracteriza la lógica inductiva como sigue: a) se sustenta en un supuesto básico:
que la naturaleza se comporta de modo uniforme en igualdad de circunstancias, si
no fuera así no serian practicables los experimentos repetibles;
b) se investiga la causa de efectos conocidos observando el grado de
coincidencia de las posibles causas de los efectos. Esto se fundamenta en el
supuesto anterior (que, dicho de paso, no puede probarse científicamente); c)
el razonamiento inductivo no es concluyente en primer lugar porque pueden
existir causas desconocidas y, en segundo lugar, porque las hipótesis
universales acerca de las causas que explican los efectos conocidos, no pueden
justificarse lógicamente de modo inductivo.
Históricamente
el inductivismo se asocia estrechamente a la corriente epistemológica conocida
como positivismo. La palabra “positivo” alude a lo que esta puesto, a lo que
esta ahí; estos serían los hechos, las cosas, que se encuentran frente al
observador. A partir de los hechos positivos se pueden efectuar razonamientos
inductivos que pretenden alcanzar conclusiones universales y necesarias; serán
universales cuando se cumplan para todos los casos y serán necesarias si no
pueden ser de otra manera. Podemos apreciar que la universalidad garantiza la
necesidad. Se presumía que las leyes científicas obtenidas por inducción debían
tener ambas condiciones y en virtud de la certeza que proporcionarían se podría
predecir y controlar los fenómenos.
Una
primera presunción es que existen hechos puros, incontaminados, previos a toda
teoría. En la medida que los hechos son afectados por ideas previas están
siendo “prejuiciados”
y ya no se trataría de los hechos positivos tal cual están en la
realidad. El método deberá encargarse de cautelar la objetividad de las
observaciones, previniendo y controlando el prejuicio y la especulación sin
fundamento empírico. La segunda presunción alude a la confianza en la lógica
inductiva como fuente de certeza cognoscitiva.
Popper
rechaza el argumento positivista y sostiene que la vinculación mas o menos
estrecha entre enunciados básicos y la experiencia perceptiva no puede
considerarse garante de la verdad del enunciado básico, porque tal proposición
incurre en una grave confusión de elementos psicológicos y de elementos lógicos,
en el primer caso se encuentran las experiencias sensoriales y perceptivas y en
el otro se encuentran la forma lógica de los enunciados y de las relaciones lógicas
entre sistemas de enunciados, en donde los enunciados se justifican lógicamente
mediante otros enunciados; siendo incompetente la experiencia en este último
respecto.
Pero los primeros positivistas admitían “... únicamente como científicos
o legítimos aquellos conceptos (o bien nociones, o ideas) que, como ellos decían,
derivaban de la experiencia; o sea, aquellos conceptos que ellos creían lógicamente
reducibles a elementos de la experiencia sensorial, tales como sensaciones (o
datos sensibles), impresiones, percepciones, recuerdos visuales o auditivos,
etc. Los positivistas modernos son capaces de ver con mayor claridad que la
ciencia no es un sistema de conceptos, sino más bien un sistema de enunciados.
En consecuencia están dispuestos a admitir únicamente como científicos o legítimos
los enunciados que son reducibles a enunciados elementales (o “atómicos) de
experiencia –a “juicios de percepción”, “proposiciones atómicas”,
“cláusulas protocolarias” o como los quieran llamar- no cabe duda que el
criterio de demarcación implicado de este modo se identifica con la lógica
inductiva que piden”(26)
La
imparcialidad de las observaciones iniciales aseguraría la verdad de los
enunciados básicos y así la experiencia otorgaría la justificación de la
legitimidad de los enunciados básicos, con lo cual la ciencia contaría con los
ladrillos indubitables a partir de los cuales la inducción construiría el
edificio teórico de la ciencia dado que habrían enunciados atómicos, últimos
y definitivos que no necesitan contrastarse por ser evidente su valor de verdad
y en esa medida se exige que
“toda proposición con sentido tiene que ser lógicamente reducible a
proposiciones elementales (atómicas) que se caracterizan como descripciones o
“imágenes de la realidad”(27).
Sin
embargo de acuerdo a su propia lógica aquellos enunciados científicos de carácter
universal y abstracto como lo son las leyes y que no pueden ser reducidos a
enunciados de experiencia deberían ser calificados de carentes de sentido, del
mismo modo que ese apelativo se adjudica a los enunciados metafísicos. Pero
ocurre que la búsqueda de las leyes de la naturaleza es el meollo de la
ciencia; entonces se prueba la ineficiencia positivista para trazar una marca nítida
entre ciencia y no ciencia, y además en su afán de destruir a su enemigo histórico,
la metafísica, termina por socavar las bases del propio conocimiento científico
al dejar a las leyes universales en una endeble posición.
Frente
a esta catástrofe el desafío que enfrenta Popper será el de asignar un nuevo
rol a la experiencia dentro del ámbito de la ciencia y esa es la tarea
reconstructiva que asume después de su drástica deconstruccion de los
cimientos positivistas tradicionales. Según su propia declaración su obra
consiste
“... en formular una caracterización apropiada de la ciencia empírica,
o en definir los conceptos de “ciencia empírica” y de “metafísica” de
tal manera que, ante un sistema dado de enunciados, seamos capaces de decidir si
es asunto o no de la ciencia empírica el estudiarlo de mas cerca” (28)
Además,
el proyecto justificacionista del positivismo presenta una severa falencia lógica
puesto que no es posible generalizar la certeza del conocimiento obtenido por vía
de la observación sensorial dado que las inferencias inductivas no tienen
obligatoriedad
ni universalidad, porque están impedidas de concluir algo acerca de
todos los casos basándose en una serie finita de casos, a ello se refería el
pto. c. en la descripción de Agassi que mencionábamos antes.
Esta
imposibilidad ya era conocida por la lógica clásica; si nos remitimos a la
formalización de las inferencias graficadas en el cuadro de Boecio (29) podemos
comprobar que la inferencia inductiva opera en la relación de subalternación
donde la premisa es el enunciado particular y la conclusión es un enunciado
universal, en tal caso los enunciados difieren en su cantidad
(universal-particular)
pero mantienen su cualidad (afirmativos). En tal relación si llamamos
(I) al particular afirmativo que enuncia “Algunos países son democráticos”
aludiendo a una colección finita de elementos cuya verdad puede comprobarse empíricamente;
sin embargo de ahí no se concluye –necesariamente- la verdad del enunciado
universal (A) que afirma “Todos los países son democráticos”. En efecto,
es fácil comprobar que hay países que no se rigen por las normas democráticas
y en consecuencia el enunciado (A) es falso. Empero, no se dice que una
inferencia inductiva deba concluir siempre en un universal (A) falso; lo que
ocurre es que inferir un (A) verdadero a partir de un (I) verdadero es un
razonamiento formalmente inválido, porque al ser verdadero el enunciado
particular el enunciado universal correspondiente queda sin determinar y, en
consecuencia, puede ser verdadero o falso. Por ejemplo, si el juicio particular
(I) enuncia: “Algunos hombres son mortales”, del cual podemos confirmar su
verdad, se infiere el enunciado universal (A) que afirma “Todos los hombres
son mortales”, del cual –también- al menos provisionalmente, podemos
corroborar su verdad.
Ocurre
entonces que la observación empírica de cien cisnes negros y más tarde (en
una ampliación de la muestra) de mil cisnes negros, nunca podrá garantizar que
todos los cisnes son negros. Sin embargo, no es imposible que lo constatado en
las observaciones particulares se cumpla también en el nivel general, pero de
producirse ocurriría al margen de la necesidad lógica; no debemos olvidar que
el método inductivo trataba de proporcionarle un aval racional a la certeza del
conocimiento científico, para cuya mayor precisión se había negado toda
incumbencia al contexto del descubrimiento. Tenemos empero que en el ámbito de
la justificación el método inductivo es incapaz de justificar las leyes científicas
y otras generalizaciones, pues al descartarse la universalidad también se
debilita la necesidad y con ella las predicciones confiables.
El
problema lógico de la inducción sigue pesando aunque se haya tratado de
perfeccionarla mediante la incorporación de una inducción probabilistica como
hace Hans Reichenbach. La idea ahora es que, si bien los razonamientos
inductivos no poseen conclusiones universales y necesarias, se podría llegar a
establecer una tendencia que indique la mayor probabilidad de una conclusión,
por ejemplo dividiendo en etapas progresivas el proceso inductivo de modo que el
grado de certeza aumente al tiempo que confirma al anterior. De acuerdo con la
cual un conjunto de reglas metodológicas ayudadas por la herramienta estadística,
podría aproximarse paulatinamente a la verdad, cada vez más
(30).
Sin
embargo la confianza que proporciona una inducción fundada en una mayor
cantidad de casos que otra con menos casos, no es de orden lógico sino psicológico;
porque ese recurso no puede determinar cuando una teoría cientifica esta mas
probada que otra. Luego, el consenso se establece a nivel inter-subjetivo en el
seno de la comunidad cientifica, pero obviamente esa es una solución
institucional que no tiene que ver con la objetividad del conocimiento, que se
pretendía. No olvidemos que el positivismo se proponía buscar la verdad
entendiéndola como el develamiento de la estructura del universo y la ciencia
avanzaba si
lograba la reconstrucción de esa estructura, aunque fuera un avance
probable en esa dirección.
Debido
a la debilidad justificacionista de la inducción Karl Popper
propuso abandonarla, dice en su
“Lógica de la investigación científica”: “Podemos examinar
entonces si este principio una vez introducido, puede aplicarse sin dar lugar a
incoherencias o incompatibilidades, si nos es de utilidad, y –por fin- si
realmente lo necesitamos. Ha sido una indagación de este tipo la que la que me
ha conducido a prescindir del principio de inducción: no me he basado en que no
se emplee, de hecho, semejante principio en la ciencia, sino en que no lo
considero necesario, no nos sirve de nada e incluso da origen a
incoherencias”(31)
No
obstante Popper acepta que la finalidad de la ciencia es la verdad pero en
principio evitara el uso del termino para la investigación cientifica y
desplaza la cuestión hacia un punto de vista mas delimitado: el de la demarcación,
donde el éxito de la ciencia se mide por su capacidad para desenmascarar las
doctrinas engañosas y
repudiar las teorías inconsistentes, aceptando solo provisionalmente las
teorías corroboradas. (32).
La
única forma de justificar el conocimiento científico es a través de la
critica y contrastabilidad de nuestros ensayos de solución a los problemas
surgidos en la tensión entre nuestro conocer y nuestro ignorar: “El método
de la ciencia, es pues, el de las tentativas de solución, el del ensayo (o
idea) de solución sometido al más estricto control critico, no es sino una
prolongación critica del método del ensayo y el error” (33). La critica
consiste en intentos de refutación, si la critica tiene éxito se descarta el
ensayo de solución refutado y se busca otro, si resiste a la critica se acepta
provisionalmente en cuanto digno de seguir siendo discutido y si persiste en
resistir la critica se puede estimar corroborado, pero eso no significa que se
le acepte como verdadero, solamente significa que de momento no se han
encontrado razones para desecharlo (34).
La
perspectiva Popperiana hecha por tierra la metodología verificacionista que
sostenía que los enunciados científicos debían ser decidibles en forma
concluyente en dos sentidos, o sea debía ser posible determinar mediante la
deducibilidad tanto la verdad como la falsedad de los enunciados. Popper propone
que se renuncie a esa exigencia para la ciencia (esto es: descubrir la verdad y
la falsedad) y se limite la calidad de enunciado empírico contrastable solo a
aquellos enunciados que son decidibles en un sentido, es decir: que son
falsables. De tal modo la metodología cientifica no buscará demostrar la
verdad de sus hipótesis sino que someterá a prueba su falsedad, mediante la
contrastación de sus enunciados empíricos; Popper dice: “La lógica
deductiva es la teoría de la transferencia de la verdad de las premisas a la
conclusión. Si todas las premisas son verdaderas y la inferencia es verdadera
entonces la conclusión ha de ser asimismo, verdadera; y en consecuencia, si en
una inferencia valida la conclusión es falsa, no es posible en tal caso que
todas las premisas sean verdaderas”(35).
En
efecto, si tenemos la seguridad de que las premisas universales (leyes,
principios) son verdaderas, entonces -cuidando respetar el formalismo de la
deducción- tendremos la seguridad que la conclusión es verdadera. No obstante,
la duda sobre la verdad de las premisas universales es lo que nos mantiene en
permanente incertidumbre porque desde el momento que la lógica inductiva fue
impugnada
la ciencia carece, absolutamente, de fundamento lógico para sostener la
verdad de un enunciado universal.
En
la ciencia los enunciados universales funcionan, ahora, como enunciados hipotéticos
que deben comprobarse en la experiencia, pero carece de importancia el afán
verificacionista que busca demostrar la verdad de las consecuencias deducibles
del enunciado, porque de un enunciado universal pueden deducirse múltiples
consecuencias verdaderas, no obstante ser falso el enunciado; es decir: la
comprobación de la verdad de las consecuencias empíricas del enunciado
universal no garantiza la verdad de este y eso
-para la ciencia-
significa que nunca podrá verificar la verdad de una hipótesis.
Remitiéndonos
de nuevo al ejemplo del cuadro de Boecio basta con invertir la relación de
subalternación para ver que un enunciado universal (A) que dice “Todos los países
son democráticos” es falso y no obstante se puede
deducir de él un enunciado particular verdadero (I) “Algunos países
son democráticos”.
Existe
una clara asimetría lógica entre la verificación y la falsación de las hipótesis
y donde la prueba empírica tiene efectividad es en la falsación dado que, de
acuerdo al Modus Tollens, de la falsedad del consiguiente se prueba la falsedad
del antecedente. Popper lo explica así: “Sea P
una conclusión de un sistema T de
enunciados, que puede estar compuesto por teorías y condiciones iniciales (no
hay distinción entre ellas, en beneficio de la sencillez). Podemos simbolizar
ahora la relación de deductibilidad (implicación analítica) de P
a partir de T por medio de “T
–
P”, que puede leerse “P se
sigue de T”. Supongamos que P
sea falsa, lo cual puede escribirse “
–P”
y leerse “no
P”. Dada la relación de deductibilidad, “T
– P”, y el supuesto “-P”,
podemos inferir
“ -T “ (léase “
no T”): esto es, consideramos que T
ha quedado falseado. Si denotamos la conjunción (aserción simultánea) de dos
enunciados colocando un punto entre los símbolos que los representan, podremos
escribir también la inferencia falseadora del modo siguiente: ¨[(T
– P) . –P[ --nT; o, expresándolo en palabras: “Si P es deductible de T, y P es falsa, entonces T es también
falso”(36)
En
la exposición de Popper la expresión no P (–P)
representa una instancia refutadora (o falseadora) indispensable en
la nueva forma de contrastación empírica que el epistemologo le propone a la
ciencia. En efecto una hipótesis es científica (y las teorías son sistemas de
hipótesis) en la medida que tiene instancias refutadoras es decir: un enunciado
particular susceptible de contrastación empírica que eventualmente podría
probar la falsedad de la hipótesis. La teoría científica es concebida como un
sistema hipotético deductivo racionalmente criticable por sus consecuencias; la
critica consiste en demostrar que de la teoría se desprenden consecuencias empíricamente
inaceptables y, si esto se logra,
la teoría es refutada.
El
avance en el conocimiento científico se produce en cuanto los científicos al
abandonar las teorías refutadas esta obligados a reemplazarlas por nuevos
ensayos de solución y eso conduce a descubrimientos e innovaciones. Así la
propuesta de Popper “... no es salvarles la vida a los sistemas insostenibles,
sino por el contrario, elegir el que comparativamente sea más apto, sometiéndolos
a todos a la más áspera lucha por la supervivencia” (37).
En
relación con la operatividad de la propuesta conviene distinguir entre las
nociones de falsabilidad de una teoría y la falsación de la misma. La
falsabilidad se refiere al peculiar carácter empírico que debe exhibir. Popper
manifiesta: “Se llama “empírica” o “falsable” a una teoría cuando
divide de modo inequívoco la clase de todos los posibles enunciados básicos en
las dos subclases siguientes: primero, la clase de todos los enunciados básicos
con los que es incompatible (o, a los que excluye o prohibe) que llamaremos la
clase de los posibles falseadores de la teoría; y, en segundo lugar, la clase
de los enunciados básicos con los que no esta en contradicción (o que
“permite”) puede añadirse tal vez, que una teoría hace afirmaciones únicamente
acerca de sus posibles falseadores (afirma su falsedad); acerca de los
enunciados básicos “permitidos” no dice nada: en particular no dice que
sean verdaderos”(38). Recordemos que los enunciados básicos son aquellos
enunciados particulares (o singulares) deducibles de la teoría y susceptibles
de contrastación empírica.
La
falsación por su parte se refiere a las condiciones bajo las cuales se puede
considerar refutada o corroborada una hipótesis: deben existir enunciados básicos
aceptados en calidad de instancias refutadoras, que la contradicen y, además,
deben ser reproducibles, o sea: muchos científicos actuando de manera
independiente, en distintos momentos, pueden llevar a efecto los experimentos
cruciales; la última condición busca preservar la objetividad de la ciencia,
entendida ahora como inter-subjetividad (acuerdos de la comunidad científica).
Lakatos comenta al respecto: “La regla básica de Popper es que el científico
debe especificar por anticipado las condiciones experimentales cuya aparición
le inducirían a abandonar hasta sus supuestos mas fundamentales.(...) los
criterios de refutación deben especificarse por adelantado: se debe acordar que
situaciones observables son las que, si llegaran a observarse de hecho, indicarían
que la teoría queda refutada”(39). En esto radica el criterio de demarcación;
no le interesa determinar la verdad de una teoría pero si le interesa
determinar si la teoría se somete a las reglas del juego de la ciencia, es
decir: a su metodología. Popper no hace ningún secreto de aquello, al
contrario, expresamente indica: ”Consideramos las reglas metodológicas como
convenciones: las podríamos describir diciendo que son las reglas del juego de
la ciencia empírica. (...). El juego de la ciencia, en principio, no se acaba
nunca. Cualquiera que decide un día que los enunciados científicos no
requieren ninguna contrastación ulterior y que pueden considerarse
definitivamente verificados, se retira del juego”(40).
El
criterio permite discriminar una pseudo-ciencia, que es el calificativo otorgado
a todas aquellas teorías que aspiran a ser llamadas “científicas” pero
sistemáticamente
eluden someterse a las instancias refutadoras, de modo que nunca puede
establecerse si son verdaderas o falsas. A modo de ejemplo Popper cita el caso
del Marxismo y del Psicoanálisis como ilustraciones de pseudo ciencia.
3.-
0bjetividad, intersubjetividad y rol de la comunidad cientifica: una
clave de aproximación a la epistemología de Feyerabend.
Un
enunciado será objetivo –según Popper- si
cumple con el requisito de ser reproducible, de modo que su valor de
falsedad (o de corroboración) pueda ser contrastado por cualquier persona, en
esa medida “... la objetividad de los enunciados científicos descansa en el
hecho de que pueden contrastarse intersubjetivamente” (41). Esto supone que
los enunciados básicos que operan como instancias refutadoras deberán ser
aceptados por la comunidad científica para que la contrastabilidad
intersubjetiva se pueda considerar legitima. En esa medida las instancias
refutadoras son convencionales y también lo es la objetividad, que se reduce al
acuerdo de la comunidad científica. Así la manera en que se resuelve la
legitimidad de una instancia refutadora pasa imperceptiblemente a ser sociológica
y comienza a tener una decisiva injerencia el vapuleado contexto externo. Esto
admite que una parte de la comunidad científica, eventualmente, rechace la
validez de un enunciado básico y le desconozca su derecho a fungir de instancia
falseadora; en tal caso el consenso se destruiría y un sector de la comunidad
científica podría impugnar que una teoría criticada haya sido legítimamente
refutada, mientras que otro sector de la comunidad científica lo acepta. Ahora
bien, resulta claro que hay temas sensibles en que las presiones económicas o
políticas pueden llegar a ser poderosas influencias sobre la comunidad científica,
dada la autoridad que la sociedad le atribuye al juicio de expertos
(independientemente de la capacidad de los científicos para sustraerse a esas
influencias).
Por
otra parte, a los adherentes de una teoría descartada (X) siempre le queda el
recurso de exigir a la teoría rival (Y) que exhiba las instancias falseadoras
de acuerdo a las cuales su enunciado (refutador de X) puede ser rechazado,
porque –dando por aceptado que los enunciados básicos son hipotéticos- tal
enunciado refutador es una hipótesis y las hipótesis siempre deben ser
contrastables, admitiendo su posible rechazo; esto porque “... si persistimos
en pedir que los enunciados científicos sean objetivos, entonces aquellos que
pertenecen a la base empírica de la ciencia tienen que ser también objetivos,
es decir, contrastables intersubjetivamente. Pero la contrastabilidad
intersubjetiva implica siempre que, a partir de los enunciados que se han de
someter a contraste, pueden deducirse otros también contrastables
intersubjetivamente a su vez, no pueden haber enunciados últimos en la ciencia:
no pueden existir en la ciencia enunciados últimos que no puedan ser
contrastables, y, en consecuencia, ninguno que no pueda -–en principio- ser
refutado al falsear algunas de las conclusiones que sea posible deducir de él”
(42). Popper reconoce que la posibilidad de contrastaciones ad
infinitum existe pero no da otra solución que confiar en la racionalidad de
la comunidad científica. Ella decidirá cuando se debe detener la serie de
contrastaciones y entonces otorgará el rango de legitima instancia falseadora a
un enunciado básico sobre el que se haya logrado el consenso; de donde se
deriva que la objetividad de este no dependerá de sus cualidades lógicas ni
empíricas solamente; también las de índole sociológica pasan a ocupar un
lugar nada despreciable.
Feyerabend
extrae de aquí que: “...la elección de teorías no es racional porque los
pasos que la harían racional descansan sobre supuestos que a menudo no son más
impulsos viscerales; primero las partes interesadas han de decidir que evidencia
están dispuestas a aceptar como evidencia refutadora, después puede ponerse en
marcha el “procedimiento racional” de la refutación. Pero la decisión
incluye elementos que ya no son racionales porque se refieren a las
circunstancias bajo las cuales resulta efectiva esta forma particular de
racionalidad. La situación es, si cabe, todavía peor. Supongamos que todas las
partes han aceptado algunos hechos como reales y estos hechos contradicen una
teoría que todas esas partes aceptan. Aun así es posible postular efectos
desconocidos “variables ocultas”, responsables de la ocurrencia aparente de
un conflicto cuando en realidad no hay conflicto alguno. De nuevo, semejante
supuesto es tan “razonable” como el supuesto de la ausencia total de tales
efectos y este segundo supuesto vuelve a hacerse cuando afirmamos que la teoría
ha sido rechazada definitivamente de manera “racional”(43). En definitiva,
la llamada “racionalidad cientifica” queda circunscrita a los acuerdos de la
comunidad cientifica.
Vemos
ahora que el conocimiento científico es una empresa comunitaria y en
consecuencia para saber algo acerca del modo real en que se genera e instituye
el conocimiento oficialmente validado es necesario indagar mas allá de la lógica
y aproximarnos a un saber sobre las peculiaridades del grupo social que hace la
ciencia; entonces, como dice Khun, el epistemologo deberá formular e intentar
responder algunas preguntas que habían sido desechadas, pero cuyo tenor –a
pesar de todo- parece atinente a la ciencia: “¿Cómo se elige y como se es
elegido para miembro de una comunidad particular, sea cientifica o no? ¿Qué ve
el grupo, colectivamente como sus metas?
¿Qué desviaciones individuales o colectivas, tolerará y como controla
la observación impermisible?”(44).
De
aquí surge con fuerza la sugerencia de que el epistemologo debería ocuparse de
la lógica de la investigación cientifica, ciertamente, pero al mismo tiempo
– de modo similar a un etnógrafo que estudia la ideología, valores,
procedimientos y ritos de una tribu-
debería integrar a
sus temas de estudio la estructura de la comunidad cientifica incluyendo
las relaciones entre las distintas comunidades disciplinarias y de estas con los
otros ámbitos de la sociedad y la cultura.
4.-
Lakatos y la falsación del falsacionismo; otra clave para
la Epistemología de Feyerabend.
A
pesar de las criticas que Imre Lakatos le plantea al tipo de falsacionismo que
él denomina ingenuo, su propósito es recoger la heurística positiva de aquel
y profundizar en la veta que Popper deja abierta haciéndose cargo, al mismo
tiempo, de las objeciones historiográficas de Khun y del propio Feyerabend.
Lakatos comparte con Feyerabend gran parte de sus aprensiones pero difiere de él
en que aún cree posible recomponer la racionalidad científica y discernir un
criterio de evaluación de los progresos de la investigación científica. Para
los efectos del presente trabajo nos interesa su posición como hito de engarce
que muestra el momento de una bifurcación entre dos Popperianos críticos. De
modo que: mientras Lakatos comienza dudando del falsacionisno ingenuo y termina
abocándose a la tarea de formular una nueva reconstrucción de la racionalidad
científica, Feyerabend, por su parte, empieza dudando que la racionalidad científica
pueda expresarse en leyes o métodos generales
y termina dudando que la racionalidad científica exista.
Seguiremos
a Lakatos sólo en lo que ayuda a aclarar la posición de Feyerabend (que
retomaremos después); las originales propuestas de Lakatos (de indudable interés
para la epistemología) no son tema de este trabajo.
Lakatos
examina la lógica interna del falsacionismo y
llega a postular un metacriterio
para someter al falsacionismo a su propio criterio de demarcación. Su
metacriterio – dice- se basa en la autoaplicación cuasi empírica del
criterio falsacionista y será “cuasi-empirico” porque sus instancias
refutadoras serán provistas por la historiografía. Armado del metacriterio
exigirá al falsacionismo que de acuerdo a su propia lógica defina sus
instancias falseadoras; es decir: llama al falsacionismo a definir cuales serían
las circunstancias bajo las cuales estaría dispuesto a abandonar su criterio de
demarcación.
Lakatos
reflexiona sobre cuales podrían ser esas instancias que Popper contraviniendo
su metodología, no definió. Sin embargo es un servicio de innegable valor
epistemológico a la teoría de la ciencia de Popper, el precisar su carácter
de falsable,
puesto que tal condición es necesaria para que pueda mantenerse dentro
de la racionalidad científica. Lakatos, razonando como lo haría Popper y
respetando sus premisas, infiere que: "una teoría de la racionalidad, o
criterio de demarcación, ha de ser rechazada si es inconsistente con un
“juicio de valor” básico y aceptado por la elite cientifica. Realmente esta
regla metodológica (metafalsacionismo) parece corresponder con la regla metodológica
(falsacionismo) de Popper, según la cual una teoría cientifica ha de ser
rechazada si es inconsistente con un enunciado básico (“empírico”) unánimemente
aceptado por la comunidad científica. Toda la metodología de Popper reposa
sobre la afirmación de que existen enunciados (relativamente) singulares sobre
cuyos valores de verdad los científicos pueden alcanzar un acuerdo unánime:
sin tal acuerdo se crearía una nueva Babel y el soberbio edificio de la ciencia
pronto se convertiría en ruinas” (45).
Luego,
ampliando el criterio falsacionista original a este nuevo nivel
metafalsacionista (que ahora se requiere para poder someter a falsación al
falsacionismo) se necesitan acuerdos que van mas allá de los enunciados básicos,
es menester un acuerdo sobre la forma de evaluar el progreso de la ciencia que
opera sobre esa plataforma de los enunciados básicos. Por lo tanto el
metacriterio se traducirá en un
metafalsacionismo que se enuncia de la manera siguiente: “si un
criterio de demarcación es inconsistente con las evaluaciones básicas de la
elite cientifica, debe ser rechazado” (46).
La
operatoria de la metafalsación será historiográfica porque lo que ahora
corresponde hacer es revisar como han funcionado de hecho las evaluaciones de la
comunidad cientifica con relación a las teorías que reunían méritos para ser
falseadas y en consecuencia excluidas de la ciencia, esa será la “instancia básica
cuasi empírica” del criterio metafalsacionista. Si,
en vista de su insuficiencia, el juicio de la comunidad cientifica se ha
pronunciado por declararlas rechazadas y realmente han resultado excluidas de la
ciencia esas teorías falseadas,
entonces el falsacionismo de Popper ha sido corroborado, pero si resulta
que las teorías que ameritan rechazarse continúan vigentes con el beneplácito
de la comunidad cientifica y algunas de ellas, con el correr del tiempo, han
llegado
-incluso- a ser valoradas como auténtico progreso del conocimiento científico,
entonces la base cuasi empírica recomendaría refutar el falsacionismo, decretándose
su
marginación de la racionalidad cientifica. Sin embargo la aplicación
estricta del metacriterio tropezaría con una sería dificultad que Lakatos
parece no advertir o no querer advertir y se refiere a la necesidad de reunir
una instancia
metacomunitaria
para que fungiera de jurado en la evaluación de las pautas y acciones de
la comunidad cientifica (de modo que la intersubjetividad –léase
“objetividad”- sea resguardada), lo que no parece muy fácil de lograr; de
todas maneras Lakatos no espera hasta la realización plena de esa eventualidad
y da su propio veredicto.
Examinado
el comportamiento de la comunidad cientifica se desprende que muchas de sus
evaluaciones llegaron a considerar como importantes progresos de la investigación
cientifica a programas que adolecían de inconsistencia en sus fundamentos;
Popper ingenuamente cree que los grandes científicos están dispuestos a
abandonar sus teorías si estas son refutadas pero esa creencia se debe a una
concepción de la ciencia fundada en un anti-historicismo militante que no
corresponde al desarrollo de la ciencia real, de acuerdo al cual es imposible
interpretar como racionales muchos de los aspectos más impresionantes del
crecimiento de la ciencia: “Popper desea reconstruir como racional (según sus
términos) la aceptación provisional de teorías, se ve obligado a ignorar el
hecho histórico de que las teorías más importantes nacen refutadas y que
algunas leyes son reelaboradas y no rechazadas a pesar de los conocidos
contra-ejemplos. Tiende a cerrar los ojos ante todas las anomalías conocidas
con anterioridad a aquella que posteriormente es entronizada como experimento
crucial” (47).
En
toda investigación cientifica se encuentran anomalías que bajo el prisma
falsacionista serian consideradas instancias refutadoras, pero la actitud del
científico, normalmente, es pasarla por alto concentrando sus esfuerzos en las
posibilidades que ofrece la heurística positiva de su investigación, confiando
que las incongruencias se aclararan más adelante, a la luz de nuevos
descubrimientos. Esta manera de actuar, para el falsacionismo estricto es una
estrategia indebida pero, sin duda, es una actitud aceptada y practicada por la
comunidad cientifica; de modo que los programas que llegan a ser considerados
exitosos han progresado a través de un océano de anomalías y auxiliados por múltiples
hipótesis ad hoc, ex post facto.
Ahora
bien, asumiendo la actitud que ha sido usual en los círculos científicos, para
salvar al falsacionismo de su inevitable falsación (de aplicarle el
metacriterio Lakatosiano) bastaría con calificar el resultado del análisis
historiográfico como un conjunto de anomalías y luego justificarlas elaborando
algún numero de hipótesis ad hoc, mas o menos sofisticadas. Por
cuanto siempre se puede “... distorsionar la historia de modo que
coincida con su reconstrucción racional, o decidir que la historia de la
ciencia es muy irracional. A Popper su respeto por la ciencia fundamental le
hizo adoptar la primera opción en tanto que el irrespetuoso Feyerabend optó
por la segunda” (48).
5.
- Feyerabend:
su análisis de la estructura de la ciencia.
Popper
–a raíz de su discusión con el positivismo-
ha dejado al descubierto un territorio ambiguo, difícil de resolver; se
trata de la relación entre enunciados básicos y hechos. La vinculación de los
enunciados con los hechos a que se refieren estaría mediada por una frontera
natural psicológica ligada a la sensación y la percepción; lo que haría
necesario distinguir entre un plano empírico (el de la percepción de los fenómenos)
y uno estrictamente lógico (el de los enunciados y sus relaciones).
Feyerabend
admite que gracias a Popper ya no se piensa que las impresiones subjetivas (que
los objetos provocarían en el sujeto) a través de sensaciones y percepciones,
posean una correspondencia directa con el mundo externo y, por lo tanto,
tampoco se puede seguir sosteniendo que las observaciones expresadas en los
enunciados describan –sin más- entidades reales independientes: “Se concede
que podemos llegar a ser conscientes de los hechos solo mediante la observación,
pero se niega que eso implique una interpretación de las instancias
observacionales en términos de experiencias, tanto si estas se explican
subjetivamente como si se consideran rasgos del comportamiento objetivo” (49).
El
énfasis empírico sostiene que un enunciado se distingue de otros por las
entidades a las cuales se refiere, empero que el enunciado sea admitido como
perteneciente al lenguaje observacional nos deja igualmente imposibilitados de
realizar alguna inferencia directa respecto de las entidades descritas
en él,
por ejemplo: “En el caso de los instrumentos de medida (...) nadie osaría
afirmar que el modo en que interpretamos los movimientos de, digamos, la aguja
de un voltímetro esta únicamente determinado por el carácter de ese mismo
movimiento, o por el propio funcionamiento del instrumento; una persona que solo
pueda ver y comprender estos procesos será incapaz de inferir que lo que se
indica es el voltaje. Tomadas por si mismas, las indicaciones de los
instrumentos no significan nada, a menos que poseamos una teoría que nos enseñe
que situaciones hemos de esperar que ocurran en el mundo, y que garantice que
existe una correlación fiable entre las indicaciones del instrumento y dicha
situación particular. (...). Si una teoría es sustituida por otra con una
ontología diferente, entonces tendremos que revisar la interpretación de todas
nuestras mediciones, por muy autoevidentes que una tal interpretación
particular pueda haber llegado a ser con el tiempo” (50).
En
otras palabras: desde el momento que la mente no es una tabula rasa desprovista
de contenidos sino que, por el contrario, siempre esta impregnada de
expectativas, no hay sensaciones incontaminadas de teoría y por tanto no tiene
sentido distinguir entre dos planos: uno empírico y otro teórico; porque en
ese caso los llamados enunciados fácticos o de experiencia son una especie
particular de enunciados teóricos. En consecuencia no se puede sostener una
demarcación “natural” entre enunciados observacionales y enunciados teóricos;
simplemente todos los enunciados son teóricos.
El
razonamiento de Feyerabend lo conduce a afirmar
-en un sentido casi Aristotélico-
que los significados de los enunciados básicos derivan de la
forma de percibirlos. El epistemologo postula que existen condicionamientos
teórico-culturales previos al acto de percibir y estos se fundamentan y derivan
del paradigma epistemológico e ideológico en que el observador fue educado,
siguiéndose
de ahí que aún los enunciados observacionales sean teóricos: “...Lo
que realmente afirmo (...) es que todos los hechos son teóricos o, de modo
formal, hablando lógicamente, todos los términos son teóricos” (51). Con lo
cual disuelve la dicotomía Popperiana entre hechos (ámbito psicológico-perceptual)
y enunciados lógicos (convenciones lingüísticas y lógicas).
Conviene
insistir en este aserto puesto que involucra una drástica
transformación de la base empírica de la ciencia; lo que se obtiene en
una observación –dice Feyerabend- no es la realidad en sí, ni siquiera se
aprehenden los estímulos dístales (estímulos brutos) a los cuales se les
considera manifestación directa de las cualidades de las cosas; lo que se
obtiene son estímulos proxímales (o estímulos cifrados) a partir de los
cuales se elaboran las sensaciones y aquellos conjuntos organizados de
sensaciones que se denominan percepciones. Cada percepción estructura formas de
ver la realidad; por lo tanto si hay percepciones distintas en observadores
distintos entonces ocurre que dichos observadores ven cosas distintas. Ahora, si
estas observaciones se organizan en teorías o paradigmas, obviamente, los
distintos observadores, sobre la base de sus distintas percepciones, terminaran
por tener distintos mundos de referencia.
El
análisis de Feyerabend, en este punto sigue de cerca el razonamiento de Khun,
pero él acentúa con mayor vigor la importancia de la forma;
en la medida que cambian los paradigmas usuales cambia también la realidad
de referencia porque los paradigmas –lo hemos visto en el primer apartado-
influencian nuestra manera de ver la realidad. Cada transformación
paradigmática suprime la ontología
del paradigma reemplazado, y las personas que adherían a él son
transportadas a un mundo nuevo que tiene otros objetos y otra forma de
jerarquizarlos. En consecuencia, ambos mundos –correspondientes a paradigmas
epistemológicos
distintos- no serían comparables.
De
modo que cuando los científicos postulan una teoría hablan de lo que ven y,
por consiguiente, los científicos que postulan una teoría opuesta hablan de
otra cosa, aunque el lenguaje, aparentemente, es el mismo: ”... la influencia
de una teoría cientifica comprehensiva, o de algún otro punto de vista
general, sobre nuestro pensamiento, es mucho más profunda de lo que admiten
quienes la consideran tan solo como un esquema conveniente para la ordenación
de hechos. De acuerdo con esta primera idea, las teorías científicas son formas
de mirar el mundo y su adopción afecta a nuestras creencias y expectativas
generales y,
en consecuencia, también a nuestras experiencias y a nuestra concepción
de la realidad. Podemos decir incluso que lo que se considera
"naturaleza" en una época determinada es un producto nuestro, en el
sentido de que todos los rasgos que se le adscriben han sido primero inventados
por nosotros y usados después para otorgar orden a lo que nos rodea”(52).
El
tránsito de la información, desde la recepción del estimulo a la formación
de la sensación (por canales nerviosos determinados) y de ahí a la conformación
de
la percepción
(es decir: del “ver, del “oír”), esta influido por factores de
aprendizajes previos. La educación –formal e informal- nos transmite pautas
que nos indican lo que hay que ver, al tiempo que censura aquellas
“visiones” que no corresponden al paradigma vigente; en segundo lugar cuando
la critica tiene lugar se enjuicia y compara con otros paradigmas y si se
conserva este es porque se tiene la predisposición a estimarlo más efectivo
que aquel y en general que sus competidores históricos y a ello conforman su
conducta los miembros de los grupos;
por tanto los individuos que comparten un sistema de lenguaje-cultura
tenderán a ver lo mismo.
Nótese
que
el factor que introduce las diferencias en el percibir no es de orden
bio-psíquico sino psico-cultural y proviene del proceso de endoculturación de
los miembros de un grupo. Por ello Feyerabend
acota: “... la existencia de ciertas distinciones en un lenguaje puede
tomarse como una indicación de distinciones similares en la naturaleza de las
cosas, situaciones y cosas así. Y el motivo de esto es que la gente que está
en contacto constante con las cosas y las situaciones desarrollará rápidamente
los modos lingüísticos correctos para describir sus propiedades” (53). En
efecto, no se debe olvidar que la misma formulación del lenguaje esta conectada
a ciertos desarrollos teóricos de los cuales son manifestación y en esa medida
se debe comprender la insistencia de Feyerabend en sostener que no hay un parámetro
de significados comunes respecto del cual las teorías podrían medirse y
compararse y por ello –a su juicio- es licito sostener que las teorías son
inconmensurables: “... los
significados de los términos observacionales dependen de la teoría en
cuyo nombre se hacen las observaciones, entonces el material observacional al
que se hace referencia en este esbozo modificado de explicación también debe
ser presentado en términos de esta teoría. Ahora bien, las teorías
inconmensurables no pueden poseer ninguna consecuencia comparable observacional
o de cualquier otro tipo. En consecuencia, no puede existir ninguna posibilidad
de encontrar una caracterización de las observaciones que, supuestamente
confirma dos teorías inconmensurables” (54). Sin embargo las distintas teorías
científicas prosiguen usando las mismas palabras (transportadas de una teoría
a otra) para referirse a entidades distintamente concebidas y así se tiene la
impresión que hablan del mismo referente porque utilizan términos que
presentan similitudes fonéticas pero cuyos significados no pueden homologarse.
Feyerabend
ejemplifica diciendo que en la teoría de Newton se usa la palabra “masa” y
también se encuentra la misma expresión lingüística en la teoría de
Einstein, pero para Einstein el vocablo no tiene el mismo sentido que en Newton;
algo semejante ocurre con las nociones de “tiempo”, “espacio”,
“fuerza”, “energía” “materia”, etc. Y siempre los significados
difieren; de manera que –en definitiva- la teoría de Einsten tiene por
referente un mundo distinto del que tiene Newton; por ende, no se puede resolver
la superioridad de una teoría sobre otra; cuando más se puede sostener que son
diferentes.
El
principio de la invarianza del significado –de acuerdo al epistemologo-
expresa un resabio Platónico, de acuerdo al cual los términos claves de
aquellos enunciados que expresan conocimientos se refieren a entidades
invariables y por lo tanto se presumía que los enunciados que describen a tales
entidades deberían poseer un significado igualmente estable. Curiosamente, los
positivistas, bajo el peso histórico de estos conceptos, trasladaron su atención
de los números y esencias puras a la positividad de los hechos y de esta manera
llegaron a sustentar que los términos empíricos eran los átomos fundantes de
todo conocimiento verdadero, y paralelamente, le adjudicaron el carácter de
invariantes; es decir: sostuvieron que los términos que se refieren a las
entidades positivas conservan sus significados y por tanto se preservan del
cambio.
La
oposición de Feyerabend a este postulado es categórica: “Nuestro argumento
contra la invarianza del significado es simple y claro. Procede del hecho de que
usualmente, algunos de los principios implicados en la determinación de los
significados de los puntos de vista o teorías más antiguas son inconsistentes
con las nuevas teorías (...). Esto indica que es natural resolver esta
contradicción eliminando los viejos principios molestos e insatisfactorios y
sustituyéndolos por los principios o teoremas de la nueva teoría. Y termina
por mostrar que tal procedimiento conducirá también a la eliminación de los
antiguos significados y, por tanto, a la violación de la invarianza del
significado”(55). Feyerabend propone una aproximación histórico-social del
significado que responde, antes que a una lógica formal, a una lógica
contextual, donde el significado se comprende (y cambia) de acuerdo al contexto
especifico. Es decir: cada teoría debe ser evaluada en relación con el marco
contextual en que fue generada.
Ahora
bien, si se acepta que los significados son inconmensurables se debe rechazar la
concepción acumulativa del progreso de la ciencia, tanto si es imaginada en
forma lineal o al modo de un crecimiento concéntrico, o en espiral, pues todas
tienen en común la creencia de que es posible incorporar los términos claves
de una teoría de menor alcance y de posibilidades heurísticas reducidas
dentro de otra más amplia y mejor, sin que los significados de los términos de
la primera sufran alteración, salvo en cuanto quedan integrados dentro de otros
términos de mayor alcance; de ese modo el avance aunque lento seria imparable.
Pero esta idea supone una compatibilidad fundamental entre los lenguajes básicos
de ambas teorías.
Según
Feyerabend esto choca con la imposibilidad de encontrar un lenguaje común que
justifique tal traducción, dado que un metalenguaje de ese carácter supondría
lograr, además, una ontología unificada común a ambas teorías pero
atendiendo al hecho que los lenguajes no son solamente instrumentos útiles para
la descripción de los hechos sino que – como propone Feyerabend-
son capaces de conformar los hechos que vemos (se debe tener presente que
los lenguajes están íntimamente ligados a determinadas concepciones del mundo,
del hombre, de la sociedad), lo mas probable –cuando una teoría subsume a
otra- es que ambas contengan ontologías incomparables dado que las teorías
alimentan y se alimentan de estos lenguajes; por eso son intraducibles y es un fútil
intento el de pretender traspasar el alcance ontológico de una teoría a un
artificioso sistema de doble lenguaje: “Es de sentido común que la enseñanza
o el aprendizaje de lenguajes nuevos y desconocidos no
deben ser contaminados con material externo. Los lingüistas nos
recuerdan que una traducción perfecta no es nunca posible, incluso si uno se
dispone a emplear complejas definiciones contextuales. Esta es una de las
razones de la importancia del trabajo de campo en el que los nuevos lenguajes se
aprenden por captación, y del rechazo por inadecuada, de toda descripción que
descansa en una traducción total o parcial”(56). En síntesis: para
Feyerabend el significado es producto de una construcción social
con un trasfondo cultural-teórico que no solo condiciona nuestro pensar
distinto sino que fundamentalmente determina nuestro “ver” (u observar)
distinto y así la inconmensurabilidad queda establecida al nivel de la percepción
y no solo a partir del discurso; es mas: el discurso surge de la manera de ver.
Hay,
si se quiere, una suerte de “racionalidad” (teoría, paradigma epistemológico)
que prefigura una percepción del mundo y de esa percepción surge el discurso
que ratifica y refuerza la racionalidad subyacente, constituyendo una plataforma
de conocimiento tácito, común a la comunidad que comparte esa racionalidad, de
tal forma, sí: “... hemos sido educados para creer en un Dios que no sólo ha
creado el universo, sino que está presente en él para protegernos y asegurar
la continuidad de la existencia. Ya no veremos una disposición de objetos
materiales sino una parte de la creación divina y nuestro sentimiento de pavor
se convertirá en una percepción objetiva de los elementos divinos que hay en
la naturaleza” (57).
Y más adelante insiste en esta idea asimilando la actitud paradigmática
del científico y la del religioso: “Para ver dioses se necesitan hombres
convenientemente preparados. Las galaxias no desaparecen cuando desaparecen los
Telescopios. Los dioses no desaparecen cuando los hombres pierden la habilidad
de entrar en contacto con ellos”(58). Por cierto, el científico es educado en
una determinada cosmología y en el desarrollo de destrezas que le permiten usar
correctamente el Telescopio y así puede ver planetas, y montañas y valles en
tales planetas, donde un lego solo vería manchas difusas; luego, al termino de
su jornada, se puede retirar del observatorio astronómico inundado de una
profunda fe en que los astros continuaran orbitando según lo previsto y estarán
nuevamente en el cielo cuando él vuelva a buscarlos con el telescopio. A su vez
el religioso tiene la seguridad de que mediante la oración se comunica y
conversa con Dios, y además todos los días puede ver señales de su
existencia.
Comprobamos
con ello que no solamente las teorías científicas son inconmensurables entre sí;
la misma ciencia, en su conjunto, como forma
de racionalidad es inconmensurable frente a otras formas
de conocimiento que no son científicas y que a su vez son inconmensurables con
la ciencia. Feyerabend aclara su concepto: “... la ciencia no es la única
forma de adquirir conocimientos (...) hay alternativas, y que las alternativas
pueden tener éxito donde la ciencia ha fracasado” (59). En resumen: hay
inconmensurabilidad interna, entre teorías científicas rivales; y hay
inconmensurabilidad externa entre la ciencia y otros estilos cognitivos
(conocimientos alternativos).
Históricamente,
los modos de percibir que consolidan una noción de la
realidad y una racionalidad correspondiente, han logrado imponerse frente
a otras percepciones equivalentes, cuando ciertos grupos sociales han logrado
dominar a otros grupos que poseían ideologías inconmensurables. Feyerabend
explica su perspectiva de la revolución paradigmatica, proponiendo dos
ejemplos, en el primero, remontándose a los orígenes de nuestra civilización
examina la confrontación entre poesía y filosofía que culmina con el triunfo
de la filosofía; en el segundo ejemplo presenta la oposición entre ciencia
moderna y filosofía cuyo desenlace concluye en la hegemonía de la ciencia
moderna.
En
el primer caso:
“Sabemos que hubo un periodo en Grecia en el que los filósofos
intentaron sustituir a los poetas por intelectuales y lideres políticos. Platón
se refiere a este periodo cuando habla de la “persistente contienda entre
filosofía y poesía”. Los filósofos constituían una nueva clase, con una
nueva ideología que era totalmente abstracta y quisieron hacer de esta ideología
la base de la educación. Para desacreditar a la oposición, dichos filósofos,
no emplearon argumentos sino que se sirvieron de un mito. El mito en cuestión
sostenía a) que la poesía era impía y b) que no
tenía contenido alguno: simplemente, el “hombre sabio” de las edades
primitivas no había dicho nada. (...). El problema ahora es el siguiente: ¿Por
qué consiguieron los filósofos un éxito tan rotundo? ¿Qué es lo que les
otorgó una superioridad tal que a la postre, la poesía no parecía ser más
que mera emotividad o simbolismo sin contenido de ninguna clase? No puede haber
sido la fuerza de su argumentación, pues, interpretada adecuadamente, la poesía
contiene argumentos propios. Cabe hacer observaciones similares sobre el
surgimiento de la ciencia en el siglo diecisiete. En este caso, la fuerza
motriz fue la aparición de nuevas clases que habían estado excluidas de la búsqueda
del conocimiento y convirtieron esta exclusión en beneficio propio defendiendo
que eran ellos quienes poseían el conocimiento y no sus oponentes.”(60).
El
otro ejemplo de confrontación paradigmática y, finalmente, de conquista y
hegemonía, se encuentra en el enfrentamiento de la naciente ciencia moderna y
la filosofía, en donde le toca ser desplazada a la filosofía; las figuras
emblemáticas de este conflicto las visualiza Feyerabend en Aristóteles y
Galileo.
En
los últimos siglos de la Edad Media la teoría Aristotélica llegó a contar
con el respaldo del poder, afincado en la Iglesia, que la constituía
–oficialmente- en conocimiento verdadero.
Luego la Edad Media se debilita pero la crisis definitiva demora en
producirse; en este periodo surge Galileo como figura de transición, aunque su
postura no es fuerte porque el grupo social emergente (del cuál es
representante)
aún no consolida su poder; Sin embargo, en los siglos posteriores,
logrado aquello, ya ningún hombre de ciencia se declara partidario de Aristóteles
y el triunfo de la visión Galileana es absoluto. No obstante
- según Feyerabend- Galileo no demuestra que la Física de Aristóteles
este equivocada y, lógicamente, no debería haber ningún impedimento para que
la filosofía natural Aristotélica se enseñe, aún hoy, en las facultades de
ciencias de nuestras universidades contemporáneas; fabricando algunas hipótesis
ad hoc seria viable todavía.
Con
relación a la disputa entre Galileo y Aristóteles, sostiene Feyerabend que eso
fue un montaje teatral donde se presentó una caricatura de Aristóteles y a un
Galileo demoledor y agudo, de tal modo que los argumentos del primero parecían
claramente deficientes mientras los del segundo eran de una certeza indudable,
pero obviamente tal debate nunca tuvo oportunidad de ocurrir y los argumentos
que se le atribuyen a Aristóteles contienen flagrantes adulteraciones: “Aristóteles
afirma muy explícitamente que: ”en un vacío todos los objetos tienen la
misma velocidad” (Física par. 216 a 220) pero niega que el mundo contenga un
vacío; su teoría del movimiento es suficientemente general como para cubrir
ambos tipos de movimiento, en un medio o en el vacío. Hace depender el
movimiento de la forma y naturaleza del medio, de la naturaleza de la fuerza
inherente; lo que muestra que el famoso “argumento” de Galileo contra la
“ley de la caída libre” de Aristóteles (si los objetos más pesados
cayeran más deprisa que los menos pesados, entonces un objeto pequeño sujeto a
uno mayor debería hacer que ambos se movieran mas deprisa, porque el objeto
combinado es ahora más pesado, y no tan deprisa, porque el objeto pequeño
retendría el movimiento del mayor) no se puede aplicar a Aristóteles, donde el
movimiento resultante depende de la manera como se combinan los objetos (estamos
tratando un problema de mecánica de fluidos)” (61).
Por
otra parte, dice Feyerabend, hay que considerar que la teoría Aristotélica del
movimiento es una teoría universal que se encuentra en su “Física”
(en los libros I, II,VII y VIII,)
y debe distinguirse esta parte de su obra de aquella otra donde enuncia
las leyes especiales, o sea el libro “De Coelo”. Esta prevención –dice el
epistemologo- ayudará a no confundir el debate que versa sobre las condiciones
universales del movimiento con aquellas consideraciones que no lo son. A su
juicio la obra del Estagirita contaba con planteamientos coherentes y una
terminología unificada, construida con gran precisión, para describir y
explicar todos los tipos de movimiento: “... abarca el movimiento espacial, la
generación y la corrupción, los cambios cualitativos, el crecimiento y el
decrecimiento. Contiene teoremas como los siguientes: todo movimiento es
precedido (temporalmente) por otro movimiento; existe una causa inmóvil del
movimiento y un primer movimiento (en la serie causal) cuyo ritmo de cambio es
constante; la longitud de un objeto en movimiento no tiene valor exacto, etc. El
primer teorema se apoya en la suposición de que el mundo es una entidad
sometida a leyes. Puede utilizársele contra ideas tales como la teoría del
Bing- Bang (estallido inicial) sobre el origen del universo” (62). Esta teoría
–dice Feyerabend- incentivó la investigación en diversos campos, conservando
una visión integrada de la realidad y proporcionando una heurística fructífera
demostrada a través de sus muchos descubrimientos en amplias áreas del
conocimiento tales como la biología, la epidemiología y otras.
Feyerabend
sostiene que a pesar de su derrota histórica el Aristotelismo no ha sido
vencido definitivamente y, en el futuro,
podría recuperar vigencia, porque la mecánica de los siglos XVII y
XVIII no ha sido capaz de
proporcionar una solución global al problema del movimiento. Galileo –
a su juicio- se limitó a reducir la complejidad de la cuestión a un problema
particular como el de la locomoción, restringiendo así la posibilidad de
falsación a la ley de inercia, pero nada puede decir de cambios fundamentales
como: “...
el proceso de aprendizaje de un alumno bajo un maestro con talento y
constancia no eran, por tanto, sujeto de explicación, ni siquiera de
consideración. Lo considerado era el movimiento de objetos simples, sin vida,
en condiciones enormemente idealizadas, e incluso se suponía que este
movimiento constaba de momentos individuales indivisibles”(63).
Los
estudios de casos, como los anteriormente descritos, demuestran que los éxitos
de un estilo cognitivo se alcanzan
(más que por la observancia estricta de reglas o métodos prefijados)
gracias a un cierto oportunismo del investigador que hace uso de las ocasiones
propicias; inferencias o constructos audaces tienen más de imaginación que de
observación de entidades claramente identificables; circunstancias sociales
combinadas con voluntad humana y acontecimientos históricos han sido los
ingredientes que han confluido para obtener buenos resultados.
La ciencia, cuyos estándares han sido reiteradamente violados y sin
embargo ha logrado éxito, prueba que no hay reglas uniformes que conduzcan de
manera inexorable a una única solución correcta. Los estudios de casos también
obligan a admitir que las teorías que parecen haber sido superadas o falseadas
no deberían ser excluidas del desarrollo del juego del conocimiento porque su
potencial heurístico no ha sido explorado en su integridad y, en otro momento,
pueden volver a convertirse en un relevante incentivador de investigaciones
fructíferas; del mismo modo la validez factual de una teoría no debe
absolutizarse, porque las teorías científicas están construidas sobre un océano
de anomalías, y, quizás,
a la luz de nuevos descubrimientos se deban descartar. La proliferación
de teorías que aprovechan sus oportunidades,
esperan su momento y siempre compiten incesantemente, es parte de la
nueva
perspectiva anarquista del conocimiento que propone Feyerabend.
El
anarquismo epistemológico es resultado de las insuficiencias de la lógica
interna de la ciencia y del formalismo metodológico; el criterio demarcatorio
sustentado en el ámbito de la justificación ya no es capaz de resolver la
cuestión del desarrollo, sucesión y reemplazo de unas teorías por otras y a
su vez la base empírica ha visto reducida drásticamente la importancia que se
le atribuía; hasta ahora se sostuvo la primacía del ámbito interno pero eso
no ha sido mas que una maniobra para proteger una concepción ideologizada de la
ciencia; la ciencia real opera bajo las condiciones del contexto del
descubrimiento, es decir en el ámbito de la lógica contextual de una comunidad
históricamente situada.
Por
consideraciones como estas Feyerabend estima que la propuesta de Popper es
insuficiente; su análisis elude los problemas fundamentales y, por lo mismo, no
constituye una critica auténtica: “... nunca va dirigida a la ciencia como un
todo(...) la mayoría de las veces, dicha critica se dirige o bien contra
filosofías rivales o contra desarrollos impopulares dentro de las ciencias
mismas: procura evitarse siempre cualquier conflicto con la corriente principal
de la ciencia” (64).
Feyerabend
en cambio sostiene que una critica autentica debe abordar a la racionalidad
cientifica en sí misma, porque la evidencia histórica muestra que en la
practica los científicos no hacen lo que el formalismo lógico prescribe, en
primer lugar abundan las hipótesis ad hoc que se formulan para remendar
inconsistencias que –eufemísticamente- se denominan anomalías. Sin embargo,
paradojalmente, esa misma evidencia histórica muestra que, muchas veces, esas
estrategias de encubrimiento son las que llegan a convertirse en postulados
esenciales del sistema y entonces:
"La idea de un método que contenga principios científicos
inalterables y absolutamente obligatorios que rijan los asuntos científicos
entra en dificultades al ser confrontada con los resultados de la investigación
histórica. En ese momento nos encontramos con que no hay una sola regla por
plausible que sea, ni por firmemente basada en la epistemología que venga, que
no sea infringida en una ocasión o en otra. Llega a ser evidente que tales
infracciones no ocurren accidentalmente, que son el resultado de un conocimiento
insuficiente o de una falta de atención que pudieron haberse evitado. Por el
contrario, vemos que son necesarias para el progreso” (65).
El
estudio histórico de la ciencia permite asimismo distinguir –al menos- dos
tradiciones metodológicas opuestas dentro de la ciencia, que es un “hecho”
que prueba la inexistencia de un monismo metodológico indiscutido y unánimemente
aceptado. Una es abstracta, rígidamente formalizada y solo considera en su
campo de estudio las situaciones y objetos que calzan con las reglas
preestablecidas, los demás casos para los cuales no se han hecho reglas (por
falta de imaginación o de interés)
son repudiados y definitivamente excluidos del conocimiento científico.
La segunda tradición pone en tensión todos los talentos del hombre, desarrolla
procedimientos creativos, cuyos enunciados buscan adaptarse a sus objetos,
estimando que estos tienen un lenguaje propio e intentan aprenderlo por inmersión,
valorando lo subjetivo como elemento digno de estudio dado que, a fin de
cuentas, el pensamiento solo existe para los sujetos pensantes y en él no hay
nada objetivo
“per se”.
Estas tradiciones las identifica con el gran debate sobre la distinción
entre “Naturwissenschaften” (ciencias naturales) y
“Geisteswissenschaften” (ciencias del espíritu). (66).
El
conjunto de estas constataciones lleva a Feyerabend a formular su propia y
controvertida regla anarquista del conocimiento expresada en la escueta
sentencia:
“todo vale”. Sin embargo
con tal principio no propugna la anulación de toda metodología sino más bien
al contrario, sugiere que todos los métodos sirven según el propósito y las
circunstancias, niega empero que exista un método valido para todo propósito
y toda circunstancia, porque los resultados de la ciencia no se obtienen al modo
de una conclusión silogística como quieren los formalistas ni tampoco el científico
es un sumiso peón que obedece religiosamente los cánones ungidos por la sacra
comunidad cientifica. La ciencia –según el epistemologo- tiene mucho mas de
actividad creativa –estética incluso- que de empresa racional uniforme; por
eso opina que “... una decisión cientifica es una decisión existencial que,
más que seleccionar posibilidades de acuerdo a métodos previamente
determinados desde un conjunto preexistente de alternativas, llega a crear esas
mismas posibilidades. Todo estadio de la ciencia, toda etapa de nuestras vidas
han sido creadas por decisiones que ni aceptan los métodos o resultados de la
ciencia ni son justificados por los ingredientes conocidos de nuestras vidas”
(67). Ello explica que Feyerabend acepte en igualdad de derechos aquello que los
otros estilos cognitivos tienen que decir y así la formula “todo
vale” se extiende a las formas de saber
no científico restituyéndoles la dignidad de competidores del
conocimiento científico.
Los
argumentos que privilegian la ciencia en desmedro de sus rivales epistémicos
generalmente recurren a valores extracientificos para reforzar su posición,
como el de permitir el control de la naturaleza. Pero esa no es una cualidad
privativa (ni tampoco esencial, como se ha dicho) de la ciencia; en general a
los prosélitos de cualquier paradigma epistemológico les parece que este posee
tal poder y así igualmente el pensamiento mágico o religioso aducen igual
efecto y pueden esgrimir multitud de pruebas que lo confirman, aunque lo que
entiendan por control y los procedimientos para lograrlo sean disimiles.
El
auténtico fundamento del conocimiento esta ligado originalmente a una situación
existencial; el ser humano tuvo que formarse un plan de acción frente a las
cosas del mundo y necesitó saber que se podía hacer con ellas y que no se podía
hacer. En principio no está la vida destinada a conocer sino que el intelecto
(supliendo los instintos ancestrales) creó la ciencia, el mito la magia y quizás
la religión como herramientas para la vida, porque el hombre –animal
desfondado- necesitaba “comprender” su entorno o perecería; ese es el
sentido primigenio del
“saber”.
El
hombre, antes que un espectador neutro que se sujeta a una aséptica racional,
construida a partir de una liturgia de reglas, es una existencia ligada a una
historia, a un contexto y a una íntima libertad donde la lógica vivida es el
elemento unificador de los enunciados y teorías, las cuales son “ ... parte
de formas de vida que se estructuraron de acuerdo a ellas” (68). En ese
entendido no hay razón pura sino razón vital y “vivir es un oficio que solo
puede ser comprendido por los que lo practican”(69).
En
definitiva, la tesis de la inconmensurabilidad sitúa a la ciencia en el rol de
un paradigma epistemológico congruente con la ideología racionalista moderna,
no obstante por ser histórica le puede acontecer lo que antes ya le ocurrió a
la poesía de Hesiodo y a la filosofía natural de Aristóteles; recogiendo esa
eventualidad Feyerabend ofrece a su modo, un mensaje que el pretende
esperanzador: “Es bueno recordar constantemente el hecho de que es posible
escapar de la ciencia tal como hoy la conocemos, y que podemos construir un
mundo en el que no juegue ningún papel (me aventuro a sugerir que tal mundo
seria mas agradable de contemplar, tanto material como intelectualmente, que el
mundo en que vivimos hoy”(70).
Referencias
Bibliográficas.
1.-
Feyerabend, Paul.
“¿Por qué no Platón?
Tecnos, Madrid, 1993, p.129.
2.-
Feyerabend, Paul.
“Adiós a la Razón”.
Tecnos, Madrid,
1987, p. 96.
3.-
Idem. p.
97.
4.-
Idem.
p. 43
(cfr. nota 21 infra.)
5.-
Feyerabend, Paul.
“Por qué no Platón?”
op. cit. p. 138.
6.-
Lakatos, Imre.
“La metodología de los programas de investigación
científica”. Alianza, Madrid, 1993, p. 46.
7.-
Idem. p. 214
(cfr. Nota 120 infra).
8.-
Otero, Edison.
“Paul K. Feyerabend, el herético”. En: Estudios
Sociales.
C.P.U., Stgo.-Chile. N° 64, 1990. Cfr. pp. 9-23.
9.-
Feyerabend, Paul.
“Adiós a la Razón”. op. cit. p.188,
(el paréntesis es
nuestro).
10.-
Gleen, E. S.
“El hombre y la humanidad: conflicto y comunicación
entre culturas”.
Paidós, Bs. Aires, 1985, p. 12.
11.-
Bateson, Gregory.
“Pasos hacia una ecología de la mente”,
Planeta-Carlos Lohlé, Bs. Aires, 1991. cfr. p. 511.
12-
Khun, Thomas.
“La estructura de las revoluciones científicas”.
F.C.E.,
Stgo.-Chile, 1986, p. 293.
13.-
Idem. p.
295.
14
a.- Bateson, Gregory.
op. cit. p. 513.
14
b.- Idem. p.
512.
15.-
Idem. p.
517.
16.-
Feyerabend, Paul.
“¿Por qué no Platón?”, op. cit. p. 72.
17.-
Idem. p. 74.
18.-
Pérez Soto, Carlos.
“Problemas en Epistemología” Dctos. Universidad
Arcis, Stgo.- Chile, 1993, cfr. pp. 27-33.
19.-
Feyerabend, Paul.
“¿Por qué no Platón?” op. cit., cfr. p. 112.
20.-
Idem. p. 113.
21.-
Feyerabend, Paul.
“Diálogo sobre el método” en. Estructura y desarrollo de
la Ciencia.
Feyerabend, Radnitzky,
Stegmüler,
y otros.
Alianza, Madrd, 1984, p. 193.
22.-
Feyerabend, Paul.
“¿Por qué no Platón?” op. cit. p. 112.
23.-
Idem. p. 116.
24.-
Idem. p. 119.
25.-
Agazzi, E., Radnitzki G., Artiagas, M. “La fiabilidad de la ciencia” en
Investigaciones y Ciencia. Noviembre 1986, pp. 66 y sigts.
26.-
Popper, Karl.
“La lógica de la Investigación científica”, Tecnos,
Madrid, 1986, p. 34.
27.-
Idem. p. 36.
28.-
Idem. p. 37.
29.-
Cuadro de Boecio.
30.-
Tamayo Pérez, Ruy.
“¿Existe el Método Científico?
Historia y realidad.”
F.C.E., México, 1993,
cfr. p 61 y sigts. y 145 y sigts.
31.-
Popper, Karl. op. cit. p. 51.
32.-
Lakatos sostiene que Popper: “... nunca especifica una finalidad del juego
científico que no este contenida en las reglas. La idea de que el objetivo de
la ciencia es la verdad aparece por primera vez en su obra en 1957. En su Logik
der Forschung la búsqueda de la verdad puede que sea una motivación psicológica,
de los científicos, pero no constituye un objetivo racional de la ciencia. Ni
siquiera en los escritos posteriores de Popper encontramos sugerencias de cómo
estimar que un conjunto consistente de reglas (o criterio de demarcación)
conduce más eficazmente a la verdad que otro”. Op. cit. p. 187.
33.-
Popper, Karl.
“La lógica de las ciencias sociales”, Grijalbo, México,
1978, Tesis N|° 6,
pp. 11-12.
34.-
Lakatos
percibe una “brizna” de inductivismo en la corroboración: “El
valor del exceso de corroboración es que indica que los científicos pueden
estar acercándose a la verdad, del mismo modo que el valor de los pájaros que
revoloteaban sobre el barco de Colón era que indicaban que los descubridores
podían estar aproximándose a tierra firme”. Op. cit. p. 204.
Esta interpretación – según Lakatos- habría sido asumida por Popper
como una solución posible para fundamentar un indicio de verosimilitud de las
teorías, constituyendo una restitución moderada del razonamiento por inducción,
dice Lakatos: Me alegró saber, por el mismo Popper, que como respuesta a mi
(1968b) (“Changes in the problem of inductive Logic.) ha insertado un breve
addenum en la página 226 de su (1969) (“Logik der Forschung” 3° ed.). En
ese texto afirma “El problema lógico-metodológico de la inducción no es
irrevocable, pero en mi libro ha sido solucionado de modo negativo: a) solución
negativa. No podemos justificar nuestras teorías como verdaderas o probables.
Esta solución es compatible con la siguiente; b) solución positiva. Podemos
justificar la elección de ciertas teorías en razón de su corroboración, esto
es, teniendo en cuenta el estado actual de la discusión racional sobre las teorías
rivales desde el punto de vista de su verosimilitud”. O sea: la inducción no
prueba la verdad de las teorías pero si la corroboración se interpreta
inductivamente, al menos puede aportar un indicio de verosimilitud. Lakatos. Op.
cit. p. 214 nota 121 infra.
35.-
Popper, Karl.
“La lógica de las ciencias sociales”. op. cit. Tesis N° 17, p. 21..
36.-
Popper, Karl.
“La lógica de la investigación científica”, op. cit. p. 73.
37.-
Idem. p. 41.
38.-
Idem. p.82.
39.-
Lakatos, Imre.
Op. cit. p.162.
40.-
Popper, Karl. “La lógica de la investigación cientifica”, op. cit. p. 52.
41.-
Idem.
p.
43.
42.-
Idem. p.
46.
43.-
Feyerabend, Paul.
“Diálogo sobre el Método”, op. cit. p. 181.
44.-
Khun,
Thomas. Op. cit. p. 318.
45.-
Lakatos, Imre.
Op. cit. p. 161.
46.-
Idem. p. 162.
47.-
Idem. p. 166.
48.-
Idem. p.
165.
49.-
Feyerabend, Paul. “Límites de la ciencia”. Paidós, Barcelona, 1989, p. 51.
50.-
Idem. p.
53.
51.-
Feyerabend, Paul. “Adiós a la Razón”. Op. cit. p. 44.
52.-
Feyerabend, Paul.
“Límites de la ciencia” op. cit. p. 40 (negritas son nuestras).
53.-
Idem. p.
135.
54.-
Idem. p.
147.
55.-
Idem. p.
125.
56.-
Feyerabend, Paul.
“Contra el Método”. Ariel, Barcelona, 1989, p. 116.
57.-
Feyerabend, Paul.
“Diálogo sobre el Método”. Op. cit. p. 202.
58.-
Idem.
p.
200.
59.-
Idem.
p.
203.
60.-
Idem.
p.
192.
61.-
Feyerabend, Paul.
“Adiós a la Razón”. Op. cit. p. 36
(cfr. 17 infra).
62.-
Idem.
p.
35.
63.-
Idem.
p.
112.
64.-
Feyerabend, Paul.
“Diálogo sobre el Método”. Op. cit. p. 176.
65.-
Feyerabend, Paul.
“Contra el Método”. Op. cit. p.
14.
66.-
Feyerabend, Paul.
“Adiós a la razón”.
Op. cit. p. 32.
67.-
Idem. p. 114.
68.-
Idem.
p.
64.
69.-
Idem.
p.
77.
70.- Feyerabend, Paul. “Contra el Método”. Op. cit. p. 120.