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Un
estimado lector que leyó una de mis novelas y luego se enteró que más de una
vez entré a un McDonald’s, no sólo para ir al baño sino también para comer
una hamburguesa o para tomar café, le comentó a otra: “Me decepciona. ¿Cómo
es posible criticar al capitalismo y entrar a un McDonald’s?”
Me
voy a tomar el tiempo necesario para escribir un artículo sobre la anécdota
—que alguien me la comentó por correo—, no porque esté decidido a realizar
una defensa de mí mismo, sino porque es un hecho sintomático y de una
trascendencia implícita.
Vamos
a ver. En primer lugar, el libro aludido es una novela, es decir, ficción, por
lo tanto no sería necesario aclarar que allí se expresan muchas cosas, muchas
de las cuales deben ser contradictorias, como lo son los seres humanos. Por otra
parte, las ideas de los personajes de una ficción pueden ser o no compartidas
por el autor. En esa novela de 1994 el personaje principal advierte, desde una
celda y después de un análisis afiebrado: “Sobrevendrá la lucha, el
materialismo contra la antigua fe. Entre Oriente y Occidente, el nuevo oponente.
El ciclo se repite; el materialismo conduce a la irracionalidad, y la fe a la
razón” Ideas de este tipo están muy de moda hoy —sobre todo la primer
parte— precisamente cuando yo mismo comienzo a cuestionar algunas de sus
interpretaciones; al tiempo que no dejo de reconocer profundas verdades en la
paradójica segunda conclusión.
Pero
hagamos algunas aclaraciones previas. Yo no sólo critico al capitalismo; también
critico a las McDonald’s. Y me critico a mí mismo, lo que en una palabra
significa “autocrítica”. Muchas veces me he sorprendido en expresiones hipócritas,
en ironías innecesarias contra mis seres más queridos. Creo que no será
necesario confesarme en público, ya que nada de eso sirve para redimirme; basta
con advertirlo y remediarlo. Es decir, me critico y me juzgo muchas veces en
falta, y no por eso me voy a vivir lejos de
mí.
Por
otro lado, estoy en contra de toda ortodoxia. Lo cual también es una forma de
decir que no creo en los hombres-santos ni en las ideologías perfectas. También
critico a Estados Unidos y es un país que me parece bellísimo, además de
tener mucho para enseñarnos. ¿O alguien piensa que nosotros, los buenos
latinoamericanos, no tenemos nada para aprender de los norteamericanos? También
critico a Uruguay, mi propio país, y no por eso soy antipatriótico o
“vendepatria”, como se nos enseñaba en nuestras escuelas de la dictadura
militar, cuando debíamos referirnos a todos los que de alguna forma habían
cometido el delito de criticar a su propio país. Cuando deje de cuestionar el
Orden y la Limpieza me habré convertido en aquello que el Poder y el
Contrapoder quieren: un sumiso repetidor de eslóganes publicitarios. Es decir,
en una especie de musulmán ateo o de capitalista creyente.
Durante
mucho tiempo, mi comunicación con el mundo se basó prácticamente en Hotmail,
el cual accedí durante muchos meses desde la biblioteca Artigas-Washington en
Uruguay. Nada más norteamericano en nuestro país que la Alianza ―por no
hablar de Hotmail―. Fui socio allí. De pasada, leía la prensa
norteamericana, que en muchos casos es menos servil que nuestra prensa
oficialista, y me conectaba, sin costo, a Internet, gracias a lo cual puede
recibir diariamente opiniones a favor y en contra de amigos y lectores
desconocidos. ¿Contradictorio? Ni siquiera llego a tanto. Creo que más bien
soy consecuente. Estoy contra todo macartismo y toda caza de brujas, contra toda
inquisición y contra toda demonización de seres humanos por el solo hecho de
pensar y expresar sus pensamientos. Es cierto que hoy en día pensar es
peligroso, pero un riesgo mayor se corre cuando se deja de hacerlo.
En
este mismo diario publiqué artículos muy duros, muchos referidos a esa
enfermedad de Occidente que puede terminar por destruirlo antes que lo hagan los
terroristas. Esa enfermedad es el olvido de todas las virtudes que
caracterizaron a Occidente —que si bien nunca fueron muchas, una de ellas se
llamaba “autocrítica”— y esa otra búsqueda, criminal, mentirosa y
antioccidental, por una especie de ortodoxia puritana.
Por
otro lado, ¿alguien piensa que el capitalismo y las McDonalds no tienen nada
para criticar? Tengo entendido que esa cadena de fast food no permite la
agremiación de sus trabajadores. Eso me parece horrible y anticonstitucional.
Pero hay amigos trabajando ahí, muchachos que necesitan, en todo caso, de esa
droga. ¿Por cumplir con nuestro deber de cuestionarlo, debemos dejar de ir, una
vez al mes, a un fast food y exiliarnos en alguna isla del Océano Indico, donde
no existe el Capitalismo?
Perdón,
reconozco que el Capitalismo llegó antes que yo a España (incluso llegó antes
que mi abuelo a Uruguay), pero yo soy un ser humano y reclamo mi derecho a vivir
donde quiera. ¿No es ése uno de las Derechos Humanos más básicos y más
violados en el mundo entero? ¿Tenemos que cerrar los ojos cuando pasemos por
uno de esos restoranes, como un seguidor fanático de Alá? ¿Tenemos que quemar
los libros que luego de leerlos nos parecen malos, o no leerlos porque alguien
nos dijo que eran malos? ¿Procederíamos como hizo el ayatola Jomeini cuando
condenó a Rushdie por unos versos que no leyó, logrando, como obra póstuma,
que hoy muchos analfabetos estén dispuestos a ejecutar la “fatwa” o pena de
muerte, como forma novedosa de demostrar la superioridad de un libro sobre otro?
También la ortodoxia católica es riquísima en contradicciones, y nunca han
sido objeto de revisiones profundas sino, por el contrario, han sido
confirmadas, siglo tras siglo, en nombre de la coherencia vaticana, como lo fue
la protección de los nazis al final de la Segunda Guerra y la petición de
absolución para Pinochet, hace un par de años. En principio, eso es
coherencia, señor. Pero en un contexto más amplio —ya no digamos la realidad
humana, sino el dogma católico— no es más que una miserable contradicción.
Como
se ve, las ortodoxias puritanas sufren de miopía. Si por un principio puritano
nos prohibiésemos el acceso a un fast-food porque es un producto típico del
capitalismo, como una monja católica se niega a entrar a un prostíbulo donde
agonizan sus hermanas —esas mismas que no viven de las limosnas sino que deberán
entregárselas a la Iglesia a cambio de la absolución de sus pecados—,
tampoco deberíamos viajar en aviones, ya que, excepto una o dos aerolíneas que
llegan a Sudamérica, todas las demás son típicos productos del capitalismo.
Diría más: típicos productos del capitalismo norteamericano. Y no quiero
extenderme demasiado en otros ejemplos ineludibles, como lo es el uso monopólico
que hacemos de Hotmail, de Yahoo, de todo Windows y hasta de su soporte físico.
Hay
otros ejemplos históricos y paradigmáticos que no se limitan al capitalismo.
Como todo el mundo sabe, Volkswagen fue la primera fábrica de automóviles de
Alemania, creación original del régimen nazi de Adolf Hitler. Incluso, el diseño
del austríaco Ferdinand Porsche se llamó al principio KdF-Wagen, nombre tomado
del lema nazi “Kraft durch Freude” que significa “la fuerza por la alegría”.
Bueno, los dueños de este tipo de automóviles, si no conocían el origen de éstos,
ya lo saben. Pero ¿qué harán con ellos ahora? Según un ortodoxo puritano,
deberían arrojarlos al mar, ya que si optaran por venderlos estarían
promocionando el mal. Y si lo convirtiesen en chatarra, su hierro impuro podría
volver a alguien más en alguna forma de Ford, por ejemplo —lo que tampoco
deja de tener implicaciones antisemitas, digámoslo de paso. Pero, sinceramente,
no creo que ésta sea la práctica.
Existe
una costumbre muy extendida en nuestra sociedad y consiste en la recomendación
sistemática del destierro para los críticos. Por ejemplo, si el crítico tiene
declaradas tendencias socialistas, será el objeto de una pregunta inquisidora:
¿Y por qué no se va a vivir a Cuba? O si de lo el contrario, su critica se
dirige hacia los sindicatos, no sólo recibe el mote de “lamebotas”, sino
que se lo invita amablemente a que se vaya a vivir a la sombra del Capitolio.
Pero esos razonamientos son arbitrarios y están oscurecidos por una rabia ciega
y fraternofóbica.
Me
explicaré con otro ejemplo. De mi vida en África recuerdo con profunda
nostalgia cada día, cada madrugada cuando me sentaba frente a una ventana, a
tomar café y a escribir, mientras escuchaba los ruidos de la selva que se
introducían en el poblado. Recuerdo con nostalgia cada atardecer, el sol hundiéndose
tranquilo sobre las trasparentes aguas del Indico. Su gente, siempre sonriente.
También recuerdo el hambre y las enfermedades, los lisiados y los esclavos que
trabajaban para los blancos extranjeros, muriendo aplastados por los gigantes
troncos de “umbila” que se resistían a subir a los camiones, sin que su
desgracia llegase a interrumpir las tareas. Tengo mucho para elogiar y para
criticar de aquellos nativos y, sin embargo, no siento el deseo de vivir
permanentemente allí, a pesar de que alguien me sugirió que me vaya con
aquellos negros que, según yo, desconocían el salvajismo de nuestras ciudades
modernas. Tampoco viviría en el medio de la Polinesia, en una isla perfecta
donde no existiera la injusticia social ni las necesidades materiales. ¿Por qué?
Creo que no podría vivir en un mundo perfecto porque nací en uno imperfecto. Y
mi lucha, como la de tantos, es mejorarlo. Es un impulso instintivo y, por ende,
irrenunciable. Por otro lado, tampoco olvidemos que en la lucha por un mundo
perfecto muchas veces se terminó por destruir lo poco bueno que teníamos. Lo
cual no significa conformarse con lo que se tiene, sino olvidarse que la
perfección pueda llegar de un día para el otro, matanzas mediante. Digamos más:
olvidémonos de la perfección; los únicos que pueden aspirar a ella son los
religiosos y la condición previa es, en todos los casos, la muerte previa.
En
cambio, sigo creyendo que una de las actitudes más eficaces y positivas es,
precisamente, la crítica y el cuestionamiento, el corte incisivo en la mala
conciencia. Si critico a nuestros países es porque me interesan. En el caso de
mi país, es porque lo amo. En casos de países como Francia y Estados Unidos es
porque, en gran medida, los admiro. ¿Cuándo la autoalabanza contribuyó al
progreso de las naciones, como se pretende ahora en Occidente, olvidando que si
por algo se caracterizaron nuestras culturas fue, precisamente, por la crítica
y la autocrítica? Lo más que ha hecho la alabanza es inflamar cierto
sentimiento patriótico, pero creo que, si bien una cierta dosis de patriotismo
no le viene mal a ningún país, una nación no necesita de inflamaciones. Las
inflamaciones producen gases. Como pueden ser los discursos políticos y la
veneración religiosa de los Símbolos Patrios, que siempre son excesivamente
venerados cuando ya no hay Sentido ni Patria. Y esto también lo digo por
experiencia propia: en el período histórico de mi país en que los símbolos
nacionales habían cobrado un valor casi sagrado, para los cuales era una
afrenta que un niño de escuela tocara o señalara con un dedo a uno de ellos,
donde no mover la boca para cantar el Himno Nacional era visto como una traición
a la Patria y palabras como Patria y Honor eran repetidamente usadas e
inyectadas vía intramuscular, fue precisamente cuando más se violaron los
Derechos Humanos. Todo lo cual me hace pensar que los humanos a veces tenemos
una dosis limitada de respeto, y cuando respetamos en demasía símbolos
abstractos, en la mayoría de las veces alegóricos y hasta cursis, ya no queda
espacio ni posibilidades de respetar a esos bípedos implumes de carne y hueso
que deberían ser los primeros sujetos de derecho y de respeto.
De
esta época —que si no fue triste para mí fue porque aún era un niño—
recuerdo hechos significativos y sintomáticos. Uno viene al caso ahora. Yo
estaba en segundo año de la escuela 127, en mi pueblo, Tacuarembó, y un día
pasó la directora por nuestro antiguo salón, al que adornaban largas goteras
los días de lluvia. La recuerdo con cariño, porque era una buena mujer, lo más
buena que se puede ser en un cargo de ese tipo en esa época. “Niños
—dijo—, en su texto de lectura hay un cuento donde un zorro se quiere comer
a un búho. El Gobierno ha resuelto que es un cuento demasiado cruel para los niños.
Por lo tanto, arrancad la hoja que lo contiene”. La sensibilidad de aquellos
gobiernos sería admirable, si no fuese porque en ese mismo instante eran
secuestrados, torturados, violados, quemados y arrojados al mar seres humanos,
alguno de los cuales bien podía ser el padre o la madre de cualquiera de los
que estábamos allí. Ninguno fue protagonista de una fábula, sino de nuestra
historia más vergonzosa, de la cual incluso hoy pocos se atreven a hablar en
serio y sin caer en los discursos heredados de aquella misma época, por temor a
perjudicar a la Patria. El puritanismo ortodoxo es así. No comete pequeñas
contradicciones; sus contradicciones son faraónicas. Qué digo, son
hitlerianas, que es lo justo decir.
El
patriotismo inflamado —otra versión laica de las ortodoxias— sólo cree que
beneficia a una nación, pero lo único que hace es anular la función del
cerebro y conducir los cuerpos a guerras y a nuevas injusticias sociales. De
hecho, la justicia institucional —incluida la justicia divina— no surgió
para alabar a los hombres, sino todo lo contrario: los jueces y la justicia
surgen en el reconocimiento de su naturaleza perversa, en la crítica y el
castigo de la misma.
Las
ortodoxias pecan de vanidad y para lo único que sirven es para despreciar al prójimo,
no para ayudarlo. Tal vez el puritanismo ortodoxo cree que puede cambiar este
mundo —o salvarse de él— con las manos limpias de un cirujano. Pero en esta
orgullosa pretensión, día a día incurren en contradicciones hasta llegar, en
los casos más trágicos, a ensuciárselas con sangre. Pero yo les digo que si
queremos cambiar este mundo para mejor no tenemos más remedio que vivir en él.
Al menos que optemos por retirarnos a un monasterio, a salvo de tentaciones y a
salvo de las malas noticias que proceden del mundo exterior, las que ni siquiera
llegan con las abstractas donaciones de los pecadores. Y vivir en este mundo
implica ensuciarse las manos con barro y con tinta, conocer sus virtudes y sus
defectos. Dicen que así lo hizo el Hijo de Dios, ¿por qué no podríamos
hacerlo nosotros?
Del
puritanismo ortodoxo al maniqueísmo, político o religioso, hay medio paso
hacia atrás. Y un paso más atrás y más abajo se leen, grabadas con letras de
oro, advertencias faraónicas de este tipo: “O están con nosotros o están
contra nosotros” que no sólo olvidan que el mundo es mucho más que Norteamérica
y el Islam, sino que también olvidan que dentro del mundo capitalista y del
mundo musulmán también hay seres humanos que nacieron con cabeza propia y
cometen la diaria osadía de usarla. Y son igualmente perseguidos por ello.
No
se debe predicar lo que no se practica; así tampoco se deben extraer prédicas
de donde no las hay, confundiéndolas luego con determinadas prácticas. Cuando
no alcanzamos a ver las conclusiones debemos remitirnos a los principios. Los
principios surgen del corazón y, a diferencia del cerebro, nunca falla sin
pagar con su vida su error. De esta forma, estaríamos a salvo de un clásico
riesgo de la teología clásica: el Gran Amor se practica con la tortura y la
muerte; donde dice “blanco” se lee “negro”.
(1) “El lento
suicidio de Occidente” Bitácora, 8 de enero de 2002
Jorge Majfud